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Número 45

Ocasiones

1. Escuché un diálogo entre mi madre y una vecina.

Compartían una preocupación, estaban afligidas: la princesa Soraya no podía tener hijos , mientras que ellas, abrumadas por tanta felicidad, contaban con una preciosa prole que las hacían renegar.

Otra preocupación compartida: dos mujeres aristocráticas asistían a una fiesta con sus respectivos modelos exclusivos que, para ira y vergüenza de cada una, eran idénticos.

También supe que mi padre le daba más de los que ella quería, mientras que el marido de la vecina no hacía más que tirarse en la cama y quedar dormido.

Nunca se logra la felicidad. 2. Durante años veía una pareja que, cada tanto, entraba al bar con ropa elegante; como quien vuelve de una función de gala.

Imaginaba que el hombre era algún profesional progresista, tal vez judío, que tendría un estudio sobre Lavalle o Talcahuano.

La mujer, que habría tocado el piano en su juventud, mantenía una dignidad refinada. Un día entró solo al mediodía y se puso a buscar el diario, pero los que prestaba el bar estaban en diferentes mesas.

Como en cualquier bar en este también estaba Clarín. Cuando pasó junto a la mesa que yo ocupaba le ofrecí mi diario, me agradeció y extendió la mano.

Volvió a dejarlo sobre la mesa y dijo “Gracias, pero no leo Pravda”.

Yo tampoco, repliqué, porque no sé ruso.

Mi diario es Pagina 12. 3. En la reventa de libros que funciona un poco antes de que la Av.

Santa Fe llegue al túnel y se convierta en doble mano pregunté sobre algún libro sobre el expresionismo alemán.

Literatura, no pintura.

“Tengo algo muy completo”, respondió el gordito.

Buscó y me alcanzó Mi lucha.

Simulé ojearlo un instante, se lo devolví mientras le comentaba que conocía ese libro, pero que no hablaba de la cultura alemana sino sobre un austríaco con un delirio de grandeza que se convirtió en asesino serial, destruyó un país y se terminó suicidando. La sonrisa pícara del gordito desapareció, yo esperaba el insulto para retrucarle con uno peor – cualquiera fuera el que usara.

No hizo nada de eso, se borró detrás del mostrador supongo que para volver el libro a su lugar. 4. Cuando el taxista terminó de nombrar a los diferentes grupos que habría que matar, no quedaba nada más que la mitad de su gremio.

Le pregunté quién haría semejante trabajo.

Y nadie, si están todos prendidos en el negocio; respondió. 5. Según la experiencia de otro taxista las mujeres habían llegado a un desenfreno sexual tal que si tuviera que responder a cada una de las que se le insinúan no podría trabajar. 6. Sin comentario, así es la vida.

Germán García