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Número 44

Los falsarios

En un país donde las responsabilidades se diluyen en la confusión creyeron que era fácil jugar con el nombre de Franz Kafka, presentarse como escritores entre los incautos y mofarse de quienes dan su vida por el noble arte de la literatura.

No sabían que en otra ciudad, con develada persistencia, alguien seguía sus pasos, de una manera silenciosa y discreta. Entre ellos había profesores de letras, psicólogos de borrosa procedencia, abogados poco dados a la justicia, hombres de letras agobiados por la maraña de las corrientes críticas.

Y mujeres, mujeres que podían burlarse de una sufrida bibliotecaria, de la maternidad y hasta de la propia madre, de las desdichas de cada día y hasta del dolor propio.

Esas mujeres, como es de rigor, procedían del extravío colectivo del género.

Y no faltaba algún científico que, como en los mejores tiempos de José Ingenieros, podía ejercer la burla contra lo que no fuera ciencia y convertir – no sin cierta obscenidad – el ejercicio de las humanidades en un resabio del pasado. No estaban preparados para recibir el golpe cuando, como si el espíritu del propio Franz Kafka se levantara de la tumba, les llegó aquel fulminante llamado de atención. Primero ensayaron responder con el humor, después simularon la ofensa y hasta el enojo.

Después, advertidos de la propia impostura y con la certeza de que cada uno era otro – y lo que es peor, sin saber quién – decidieron ocultarse en el silencio. Y, en la lamentable confusión en que vive nuestro insalvable país, siguen su baile en la oscuridad.

Pero ahora sabemos que alguien vigila sus pasos, que alguien resguarda el nombre de Franz Kafka y desde lejos, con paciencia y discreción, espera el día propicio para terminar con semejante farsa.

Germán García