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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 44

Identidad domiciliaria

La vista corre a los saltos por la página resbaladiza.

Trato de retener el sentido que se escapa.

La brisa entra por la ventana abierta y me adormecerá hasta que ocurra lo inesperado.

Cada tanto levanto la cabeza, me froto los ojos y miro el reloj.

Las agujas están dibujadas en la esfera amarilla que representa el mundo.

El verano es aburrido, la casa está en silencio y leo una cita de Kant: La casa, el domicilio, es la única barrera contra el horror del caos, de la noche y del origen oscuro… Doy vuelta la página y escucho crujir los muebles en puntadas aisladas.

El roce del laurel en de la ventana, como el siseo de una boa que se acerca, me inquieta.

Sigo leyendo: … se opone a la evasión, a la pérdida, a la ausencia, pues organiza su orden interno, su civilidad, su pasión… Oigo pisadas lejanas.

Amortiguadas.

En la calle, pienso.

La calle está lejos; mi cuarto, al final de la casa.

La puerta está cerrada y se han ido todos.

Regresarán tarde.

Apuro la lectura: La identidad del hombre es, por lo tanto, domiciliaria.

Me distraigo.

Repaso lo que leí, de derecha a izquierda, de abajo hacia arriba.

Ciertos ruidos me alarman.

Estoy sensible, pienso.

Es por la visita al abogado, ayer.

Nadie debe enterarse.

Mi hermana negaría todo, empeñada en ocultar los golpes que le da el marido.

Lo defenderá, creyendo protegerme.

El abogado me pidió tranquilidad.

Si estoy tranquila.

La que está en problemas es mi hermana.

Espere.

¿Qué? Es un buen matrimonio, una casa donde vive también usted.

No se precipite.

Él ha sido generoso y usted no tiene donde ir.

Conozco a Alfredo, no le hará daño.

La va a matar, dije cuando salía.

No exagere.

Leo: he aquí por qué el revolucionario, aquel que no posee donde caerse muerto y, por eso, ni fe ni ley, condensa en sí toda la angustia del vagabundeo… Tengo la boca seca, me llevo la mano al costado….El hombre de ningún lugar es un delincuente potencial.

Levanto la vista.

Por la ventana asoma una rama, detrás está Alfredo - ¿entró sin hacer ruido?-.

Estoy al tanto, parece decir.

Pero no habla.

Permanece en silencio, las manos en los bolsillos, los ojos fijos, mirándome.

Lila Gianelloni