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Número 44

La importancia de lo superfluo

Me colé en un ágape del Congreso Latinoamericano y del Caribe de Ficología pero hablaron tanto, tanto, que finalmente resultó nocivo.

Aunque fuesen personas bien educadas y la conversación “intelectual” o más bien científica, cuando las ideas están regadas por los efluvios del borgoña se vuelven impacientes y gritones interrumpidores como cualquier hijo de vecino, que no se diga, doctor.

Observaba, callado, sus vociferantes bocas y la gestualidad exacerbada, algún ojo estrábico, el sudor perlaba amplias frentes arrugadas, deshaciendo maquillaje o removiendo peluquines, pensando: serás así, anfibio, qué opinarían las dos rubionas veteranas a las que ni te atreviste a hablarles.

No, si la cobardía siempre fue tu norma, eso sí, mujer.

Aunque algo nos emparentaba o empardaba, evito “unía” porque suena a mucho, y era ese temible Chardonnay Pinot Noi semiseco, bien frappé adjetivaba alguien como en un tango, y el espumante subiendo con la presteza de ascensor nuevito; caray, toquen el interruptor de una buena vez, pensaba para mis adentros, y pararse cuesta más que un Perú, varios Quitos a esta altura de la velada.

Una señora, medio bataraza desde el peinado hasta el vestido, cacareaba y engullía masitas secas a la vez; cuánta pericia, medía un servidor desde lejos para esquivar miguitas.

Aquella mujer peroraba sobre la importancia de lo superfluo; qué contradicción gritó una voz ambigua a mis espaldas y no me animé a girar.

En fin, este hombrecito pusilánime, o sea yo, huyó como de costumbre, porque ya a esa hora mi cabeza podía ser comparable con un mármol de carrara, señalo debido a la palidez que me caracteriza, cincelado por un aprendiz de escultor.

La tarde entera había sido martillada y ahora, por la sonora calle Piedras, se iba desplomando conmigo ante la pronta caída del sol, lo mismo que si fuese raso vampiro, pensé, pero nunca un triste lagartón, que no se diga...

Sergio Fombona