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Número 6

Velocidad crucero

a lectura rápida es un método, según parece, para avanzar por las páginas de un libro pudiendo extraer de ellas lo importante, pero utilizando para eso menos tiempo del que algún promedio indica. Pero la verdadera lectura rápida, la pesadilla que corroe las almas de los lectores lentos, es otra cosa.

Es un don, entregado al azar a algunos elegidos, para desgracia y envidia de los otros, de los que no son.

Y no debe confundirse al lector rápido con el lector voraz que todos hemos sido alguna vez, excitados por un enigma o por la obligación de devolver un libro.

Eso es sólo una cana al aire, algún modo de participación fugaz en un mundo que no es para todos.

El don, mal que nos pese, se manifiesta en la velocidad crucero, no en arranques advenedizos, y es constante y firme. Uno puede engañarse un rato y decir que esa lectura rápida es también superficial, anodina, y hasta frívola; incluso, se puede acusar a los elegidos de ser lectores cuantitativos, de producir, por la propia naturaleza de su talento, una mera acumulación.

Esta es la manera más sencilla de desatar la perorata defensiva del lector veloz que, acorralado por unos segundos, tratará de justificarse, de explicar que es así como le sale, que no puede de otra manera. Ante esto, un lector lento con un resto de dignidad debe retroceder; sabe que esa provocación es una patraña insostenible, una victoria efímera y también un golpe bajo.

El lector lento sabe que deslizarse como un tren bala o experimentar el andar cansino del peatón de las letras no tiene, por definición, nada, pero nada, que ver con el entendimiento o el placer o lo que sea que la lectura traiga. De vez en cuando, es saludable sin embargo ese atisbo de rebelión contra los que van a leer, en términos absolutos, más que los otros; incluso leerán más rápido aquello que no les gusta, podrán abandonar más rápido un libro imposible, llegarán más vertiginosamente a la página en la que ya todo es insalvable.

Son los integrantes, potenciales o efectivos, de la detestable especie de los lectores prolíficos. Se podrá decir que hay lectores que no son ni de una categoría ni de la otra; pero los tibios nunca fueron interesantes.

Es preferible experimentar la envidia, que tiene mala prensa, pero que es, según me dicen, el modo de amor que experimentan los perdedores.

María Martha Gigena