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Número 44

Oficina de creación poética y afines

“Tiene una llamada importante”, dijo la mujercita que simulaba estar corriendo estando quieta en el mismo sitio. -¿Quién me busca? –le dije. -Su madre, señor –respondió ella.

Desde que tengo esta oficina, me dicen “señor”.

Es divertido. -¿No va a atender, señor? Su madre dijo que estaba apurada. Le dije que le diga que le dijera qué es lo que necesitaba.

Ella frunció el entrecejo y se fue andando con pasitos histéricos.

Entrecerró la puerta. En la entrada de la oficina hice instalar un bello cartel en bronce.

Dice: “Oficina de creación poética y afines”.

En la fábrica en que lo tallaron me cobraron más guita que a un abogado, por nombrar un ejemplo entalcado.

Lo sé porque semanas antes consulté por un cartel similar, pero con una inscripción distinta: “Estudio Pérez Castro”.

Unos cien pesos menos en el presupuesto.

Supongo que desconfiaron de mi profesión.

La poesía es inquietante. -Su madre, señor.

Le llama nuevamente. -Bueno, decile que espere. Madre esperaba al teléfono.

Sólo para complacer a la niña secretaria, fui hasta el aparato telefónico.

Hice que hablaba, que asentía a algunas indicaciones, “abrigate”, “lleva pañuelo”, “no dejes de cenar”.

“Ajá”, “mmmja”, “tal cual”, “afirmativo, madrecita”. -Bueno madre –dije por fin.

-Debo seguir trabajando.

La oficina es un mar de papeles –siempre había querido decir eso. Colgué.

La señorita secretaria me dijo que yo estaba macaneando, que no había hablado con nadie, que seguramente la señora se había cansado de esperar y había colgado el auricular hace largo tiempo.

Se atrevió a decir “pobre señora, pobre”. -¿Usted no vio el cartel que la recibe en esta oficina? –dije. Ella dijo que sí, que lo había visto.

-A usted se le paga por hacer su trabajo, no por revivir a mi madre, que ha muerto hace siete años en Montevideo. La niña mujer secretaria de zapatos gigantes, terminó por hundirse en el sillón.

Parecía estar desapareciendo.

Tomó del cajón un sello inmenso y comenzó a marcar con tinta unos cuantos poemas que yo le había entregado dentro de una carpetita.

Uriel Bederman