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Número 44

Ticket de metro

Todavía hoy es un asunto que se sigue negando, refutando, relativizando.

Como si fuera vergonzante, como si no alcanzara con haberle negado el lugar que se merecía - y obtuvo – en su otra patria.

Como si no alcanzara con que aquel otro muerto más reciente, el “paladín justiciero” de la resurgida democracia argentina, haya estirado la pata sin siquiera disculparse por la manera en que lo ninguneó (me tienta escribir “humilló”), dejando en claro quiénes eran “importantes” (el Sábato almorzador de Videla) y quiénes no. La uruguaya Cristina Peri Rossi lo viene repitiendo desde hace como diez años, y parece que no alcanza.

Parece que todavía da vergüenza. Durante los primeros '80 se hacían en Francia transfusiones de sangre sin control (el escándalo que siguió es famoso allá y le costó el puesto al ministro de Salud), y su mujer primero y él después fueron víctimas de eso. El 12 de febrero pasado no vi ninguna nota acerca del aniversario de su muerte.

Estaban todos ocupados en vaya a saberse qué pelotudez.

Parece que sigue siendo uno de esos escritores que “se leen cuando tenés 18 y después hay que superar”.

Váyanse a cagar.

Yo no pienso superar nada.

Sí, yo también dejé un ticket de metro en su lápida, ¿y qué? Se creen ya "en democracia", los ilusos; les insistí en que ahora había que edificar la democracia, y no sobre una base paternalista y piramidal, dijo la última vez.

Qué vamos a edificar...

Si todavía ni logramos decir en voz alta que te moriste de sida, Julio.

Adrian Drut