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Número 44

Una madre piola

¡Qué lindo es compartir las actividades del jardín con mi hijita! Me gusta que cada tanto nos convoquen a los padres y organicen algún juego o una manualidad que en realidad son la excusa para juntarnos y que nos conozcamos entre todos.

Yo por eso la mando a ese jardín tan piola de esa escuela laica tan piola. La semana pasada justamente nos citaron para una de estas jornadas y obvio que fui.

Lo lindo es que se trata de una buena ocasión para conocer a los nuevos compañeritos de la nena y a los padres de los nuevos compañeritos.

La maestra iba presentando: “Valeria, Camila, Bruno, Rediat”.

“¿El qué?”, pensé yo y recién entonces la miré: ahí estaba, una nena con un peinado rarísimo de mil mechones rematados con cintas de distintos colores, y eso sí, negra como el carbón.

Me encantó que mi hija tuviera una compañera tan negra, supongo que la cosa multicultural es buena para fomentar el respeto a todas las razas, me felicité por haber elegido para mi hijita un colegio tan progre.

Después vino el momento de la actividad: había que decorar con plasticolas de colores y con la ayuda de los nenes unas mariposas de cartulina que las seños habían hecho y repartido entre los padres.

Presté especial atención porque quería ver y saludar especialmente a los de Rediat por haber tenido tan generoso corazón y haber adoptado a esa hermosa negrita.

Pero resultó que no, que Rediat no era adoptada y que estaba allí con su negro papá que hete aquí que semanas después me enteré que se llama Bahta, como basta pero con hache.

Igual lo miré pero en lugar de poner la cara de “lo felicito por su generoso corazón” puse la de “está muy bien que sean negros, yo los voy a ayudar”.

Creo que me entendió porque sonrió simpático aunque, después me di cuenta, en realidad él no comprendía del todo nuestro idioma. Resulta que nos pusimos a hacer la actividad y yo, muy atenta a lo que le pasaba a la nena negra y a su papá, me di cuenta de que ellos no tenían a mano ninguna plasticola verde, un color fundamental para decorar mariposas, me pareció.

Le arranqué a mi hija la que tenía en sus manos -justo la estaba usando- y se la acerqué a Rediat pero me dijo que no la quería.

La miré y le dije en voz baja: “Yo sé que la querés y que no la agarrás porque te da vergüenza y creés que no la merecés, pero sí, la merecés”, y cuando ya estaba terminando la frase le agregué la palabra “negrita” al final porque era evidente que ella era negra y mi hija no y no quería que ella creyera que yo hacía como si su negrura no existiese, digo, porque seguramente estaría orgullosa de su raza y lo bien que hacía.

A mí me hubiera gustado ser negra para que todos me ayudaran cuando lo necesitara y para poder decir “momentito que soy negra pero no inferior” ante cada acción discriminatoria. Cuando hacía un rato que estábamos pintando, lo miro a Bahta y me doy cuenta de que es excesivamente alto y que ya no da más ahí acurrucado en esa sillita de niños.

Y entonces levanto la mano y le digo a la maestra que “creo que el señor necesita una silla más cómoda porque en esa no entra”.

“¿Qué señor?”, me pregunta la señorita y me la deja picando.

“El señor negro”, le digo.

Yo creo que decir “negro” a un negro no está mal, al contrario, hace honor, pero algunos padres no tan piolas me miraron mal. Después de la actividad la obligué a mi hija a que jugara con la negrita un rato con la promesa de darle un chupetín más tarde y ¡jugaron juntas! Yo les saqué fotos para mostrarles a mis amigas qué tolerante somos en casa.

Yanina Bouche