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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 43

Monada, 60

Mirado desde donde fuera cambiaba de forma: por cualquier lado, pies, cabezas, ojos y brazos.

Era inútil hacerlo ver por los especialistas.

No hay por dónde deslizar una hipótesis, por dónde espiar el hueco o la ausencia que lo explicará.

Lo habían separado de su madre para entregarlo a los grupos de investigación.

La mujer se fue creyendo que había muerto.

Si lo tocaban con una aguja se curvaba, se encogía hasta casi desparecer. Era mejor dejarlo como estaba y mirarlo sin que se diera cuenta, mientras se anotaban las reacciones.

Pero después de varios días se comprobó que no había reacciones, que tal como había nacido permanecía.

No le sobraba ni le faltaba nada, no se movía en parte, ni se desplazaba. Le echaron unas gotitas en alguna cabeza, en algún ojo: vieron un vapor oscuro, como cuando se moja un cigarrillo prendido.

Lo dieron vuelta y ahí tenía otros brazos.

Se cansaron. Esos fenómenos no eran cosas de todos los días.

Pero se estaba seguro de que en 1784 (Inglaterra) había nacido algo parecido, se lo había llevado la madre y lo crió en el agua, vivió más de veinte años y aprendió varias lenguas. Ahora era distinto, la madre se había ido con la creencia de parir un muerto y la ciencia nunca termina de avanzar – dijo uno de ellos – aunque no se detiene. Algunas veces se parecía a cualquiera, entonces se iba a bailar, a tomar cerveza y charlar con otros que cuando no eran monadas eran una monada.

Germán García