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Número 43

El terremoto

Hasta hace apenas unos años yo era un tipo normal, como usted.

Ahora creo estar padeciendo algún maleficio o una terrible enfermedad.

Todo empezó con un largo pelo negro que excedía los límites del orificio nasal izquierdo en varios centímetros, y que un conocido -no sin asco- me señaló en la puerta de la iglesia.

"Tenés un pelo", me dijo.

Yo me puse bizco pero no vi nada, me toqué por encima y tampoco alcancé a agarrarlo, pero en cuanto llegué a casa me fui corriendo al baño a mirarme.

El pelo tenía tal extensión que casi me rozaba la línea superior del labio.

Tiré con todas mis fuerzas y tras varios dolorosos intentos logré arrancarlo. Digo que todo empezó ese día porque poco tiempo después los pelos largos que salían de la nariz eran como siete, algunos de un lado y otros del otro.

podía casi chupármelos.

Más tarde fueron 20 o 30 y luego más, y el mismo fenómeno comenzó a producirse en mis orejas: de los agujeros y de los lóbulos brotaban como alpiste unos bellos grisáceos, largos y encerados. Pronto descubrí que estaban unidos al cuero cabelludo: cuantos más de estos pelos me arrancaba, más pelado me iba quedando.

Paralelamente una serie de cambios se fueron operando en mi piel y a nivel subcutáneo, a paso un tanto más lento pero igual de irreversible.

Yo lo llamaría 'efecto derretimiento' o 'síndrome gelatinoso': aparecieron como colgajos, al principio pequeños y luego de mayor espesor, en la zona del abdomen, las tetillas, los antebrazos y los muslos.

Para que se dé una idea del grosor de estos dobleces le cuento que debajo de uno de los de la panza es posible esconder una cereza, una frutilla o cualquier otra fruta pequeña.

Este síntoma dérmico vino acompañado de una serie de manchas desperdigadas por todo el cuerpo, de inquietantes tonalidades marrones y verdosas.

Los huesos se atrofiaron o algo así, y un buen día me vi caminando como una marioneta y demasiado despacio como para lanzarme a cruzar una avenida solo. Comenzó a resultarme harto complicado bañarme así que decidí lavarme por partes, pero los problemas con mi vista -que se había ido deteriorando casi sin que lo notara- impedían (e impiden) hacer una limpieza a fondo.

Y poco a poco se me fueron acumulando unos 'friguyis' indelebles en los pliegues. Ante tanto cambio me olvidé de la existencia de mis órganos sexuales y un día, cuando los miré, casi no los vi: se habían achicharrado y toda la zona estaba realmente sucia y olorosa.

Ni que hablar del culo, que si bien prácticamente no existía parecía haber adquirido0 vida propia. ¡Claro que fui a muchos médicos! ¿Me cree si le digo que todos coinciden en que este desastre en que me he convertido es algo natural e inevitable, como un terremoto? "Vaya, vaya abuelo", me dicen.

"¿Abuelo de quién?", les contesto.

Y me voy.

Yanina Bouche