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Número 43

El monstruo soy yo.

Nada como la histeria masiva para revelarnos nuestra verdadera cara.

Esa que nos esforzamos en maquillar día y noche hasta lograr transfigurarla en una máscara deforme, mentirosa y bastante atractiva. Está claro que el “monstruo” es una entelequia que nunca existió, que inventamos para no tener que aceptarnos, y que estamos igualmente lejos de nuestros hermanos los cerdos que de nuestros supuestos ancestros los monos.

Ambos son bastante más agradables, más cordiales y generosos que nosotros. Nada como una buena psicosis colectiva motorizada por los más modernos y eficaces medios de comunicación para revelarnos la verdadera naturaleza y el único logro del progreso: la inoculación del miedo más primitivo como verdad de cada célula que nos construye.

Incapaces, digan lo que digan, de compartir un miserable resto de pan rancio, somos en cambio total y absolutamente capaces de asesinar sin miramientos a un chico de seis años o a un anciano de ochenta y dos, si es eso lo que hace falta para alzarnos con el último barbijo, el último frasco de alcohol en gel o el último bidón de agua potable.

Somos esa bestia irracional, todos y cada uno, dispuesta a devorarse los intestinos del vecino con tal de poder después dedicarnos a olvidar que no somos lo que creemos ser.

Cuando de verdad – pero de verdad - una plaga incontrolable se abata sobre nosotros con la fuerza del último golpe universal, cuando alguna civilización más avanzada se decida a bajar de donde sea que esté para construir su planeta vacacional ideal (destruyendo en el proceso hasta el último ejemplar de esta especie repugnante y sin valor que llamamos “hombre”) entonces, y sólo entonces, vamos a tener lo que nos merecemos.

Pero hasta entonces nos vamos a tener que conformar con dos docenas de imbéciles recitando día y noche consejos descerebrados para no contagiarse algún estúpido resfrío, evitar la picadura de algún mosquito u horrorizarse ante la última ola de robos de niñitos negros víctimas de terremotos.

Adrian Drut