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Número 43

Breves lecciones de psiquiatría

Hubo un tiempo en que los excesos del enigma y la tristeza inherentes al amor apasionado provocaban grandes desastres.

La desesperanza de ciertos espíritus no lograba cubrirse con imágenes apropiadas y la gente caía en graves enfermedades, en la muerte.

Nadie salía ileso.

La literatura acompañó el sentimiento y describió la congoja, fundamento fuerte de aquellas historias.

Del relato de Lidia de Cadaqués se encargaron Dalí, exaltándola, y Eugenio D´Ors, negando su existencia y en cierto modo también justificándola.

Lidia vendía pescado y albergó a personajes del surrealismo; así conoció brevemente a Eugenio D´Ors, autor de La Bien Plantada, de quien se enamoró perdidamente.

Sin acusar recibo, D´Ors encarnó el gran amor de Lidia, luego su obsesión y finalmente su demencia delirante -erotomanía paranoica, diagnosticaron algunos-.

Con arrogante certeza la catalana se buscaba en los escritos del poeta, se encontraba y se descifraba sin pudor.

Incluso un día halló el rastro de su amado en un menú de comidas: “Hors D´Oeuvre” - leyó, y quizá, sólo esa vez, guardó para sí el estallido gozoso de su perspicacia.

Después retomaría la correspondencia que asiduamente le dirigía. “Lidia poseía el cerebro paranoico más magnífico, aparte del mío, que he conocido nunca.” -dijo Dalí.

En libros de la época pueden verse sus retratos.

Mujer dulce y fría que no mira a cámara, sino a un punto lejano, negro y vacío.

Más acá en el tiempo encontramos, en las biografías usualmente públicas, nuevos disturbios no menos desgarradores, perturbaciones casi inconcebibles, implacables, pertinaces, refractarias a la cura aun si lo intentaran.

Un reconocido hombre de ciencia, un tal Dr.

Garbolleno, anunció recientemente un sorprendente dictamen médico acerca de una de las personalidades más relevantes, hoy por hoy, de la farándula.

“Este muchacho es un dismórfico”- dijo y aclaró que se trata de “un trastorno vinculado a una disconformidad obsesiva en relación con el cuerpo o con una o varias partes del mismo”.

Afortunadamente para los familiares y allegados de las víctimas de esta enfermedad, el imaginario cultural sigue creciendo y está a disposición las 24 horas, ya que, alcanzados por los efectos de esta patología manifiestan alteraciones en el área intencional del discurso: “Es un loco del orto, que lo quemen en la plaza” -exclamó una de las enamoradas del controvertido muchacho, y en otra oportunidad: “¡Me tiene con los ovarios al plato!”. Si Lidia de Cadaqués con su noble locura pudiese atravesar los siglos hasta nuestra era, tendría a mano su salvación.

Tal vez con sólo una frase, una metáfora bien puesta en el ojal de ese galancito indiferente que ni siquiera le contestó una carta.

Nora Martinez