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Número 43

Roman Jakobson, el Ogro Fabbiani y la impostura de los teratólogos

Un delantero promete ser figura de uno de los equipos estrella en el campeonato local, pero en el desarrollo del mismo no acierta un gol ni por error.

El tipo, claramente, es un anormal.

Ahora bien, al mismo jugador, antes del pase al equipo estrella, se lo conocía en el ambiente futbolístico por el apodo de “Ogro”.

Ese mote, sin embargo, no tenía ninguna connotación negativa, sino que, por el contrario, expresaba la capacidad del futbolista para asustar a sus rivales.

Este caso nos sirve para hacernos la siguiente pregunta: ¿qué cosa estudia un teratólogo? ¿Cómo puede la teratología plantearse como una disciplina científica si su objeto de estudio adolece de ambigüedad? Valga otro ejemplo para la discusión que planteamos: el uso de la expresión “sos un monstruo”.

Si la misma es enunciada frente al espejo por una chica que se mira luego de haber utilizado la crema para peinar los rulos, la frase tendrá necesariamente una connotación negativa.

Si en cambio la profiere la misma señorita al finalizar el acto amatorio, su significación cambia.

Así, qué se entiende por monstruoso dependerá del lugar del enunciador, de quién se construye como enunciatario y de la situación comunicativa en la que el enunciado tenga lugar.

Retomando nuestra discusión, si la teratología se plantea como la disciplina que dentro de la zoología estudia a las criaturas anormales, y acordamos en que la ciencia es el conocimiento sistematizado de hechos objetivos y accesibles a varios observadores, elaborado a partir del reconocimiento de patrones regulares, sobre los que se pueden aplicar razonamientos, construir hipótesis y esquemas mentalmente organizados; pero, lo que se entiende por monstruoso o anormal depende del contexto en el que se lo analiza, entonces: ¿puede la teratología ser ciencia? La lingüística y la libertad de acción del Ogro Fabbiani parecen determinar categóricamente que no.

Vanesa Pafundo