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Número 43

Frankenstein y Erdosian

Podrían pensarse dos modos de imaginar la relación en la ciencia y sus aplicaciones.

Una primera, que podríamos llamar “teológica” y que encuentra su lugar en la descendencia de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), la primera novela de Mary Shelley.

Allí, como se recordará, Frankenstein es el científico que crea vida artificialmente sólo para ver que el resultado de su alquimia es un monstruo sin nombre.

A fin del siglo XIX, con la publicación de Drácula, asistimos a otra encarnación del científico: la tragedia que rodeaba a Víctor Frankenstein es ahora casi una farsa cuando el desacreditado Van Helsing declare que los vampiros existen (y quiera probarlo).

Finalmente, la historia del científico se resuelve en golpe de efecto: para 1935, cuando el inglés James Whale estrene Frankenstein el nombre del creador pasará a la criatura, así como el rol protagónico de la historia en sus diversas versiones a lo largo del siglo. En esta línea el científico se piensa en relación con el bien y el mal trascendentes: el científico quiere ocupar el lugar de Dios y fracasa, el científico quiere luchar contra la más pura expresión del mal victoriano y casi fracasa.

Finalmente, el científico debe desaparecer para que el siglo XX se apropie de la figura del monstruo: hemos vivido, señores, un siglo de ateísmo.

La historia del científico entonces podría pensarse a través de la lógica de un modelo dramático: de la tragedia de Frankenstein, a la farsa de Van Helsing y de ahí (último estadío de la reflexión marxista) al relato de terror. Pero tal vez esa tríada no pueda aplicarse a todas las historias literarias de la ciencia.

Por ejemplo, la historia de los científicos en la ficción argentina debería tal vez pensarse en relación con el Estado antes que con la teología (y tal vez por eso, sólo en muy contados casos el relato del científico se ha transformado en relato de terror).

Así, esa historia debería comenzar por el papel heroico del científico como representante de la modernidad y el Estado (en ficciones naturalistas como Irresponsable, de Manuel Podestá o Libro extraño, de Sicardi) y seguir, en los inicios de la ciencia ficción nacional, con los científicos paraestatales en las ficciones de Las fuerzas extrañas (1906) de Lugones y en textos de Quiroga como El hombre artificial (1910): científicos locos, creadores de monstruos, emprendedores que brevemente capturan algo de la llama de Prometeo para luego, como en el caso de los inventores de Lugones, ser destruidos por su invento. Esa imagen convive con la del científico extranjero que puede ayudar al Estado, pero es marginado por la burocracia que lo maneja.

El protagonista de “El cocobacilo de Herrlin” (1918), de Arturo Cancela, es un científico “libre pero incomunicado, que paseaba, por la ciudad, un formidable e insólito secreto de Estado”: el destino de Herrlin, claro, es la insanía.

Así, la ciencia finalmente será una fuerza antiestatal, una máquina de guerra que se piensa contra el Estado: Erdosain, como científico formado fuera de la lógica de Estado y conspirando contra él, es también un loco, uno de los siete locos.

Ese pasaje también adquiere ciertas formas específicas: el naturalismo, la ciencia ficción, el folletín. Y si en la primera serie podía verse la progresiva secularización de la imaginación sobre los monstruos, su progresiva independencia con respecto a sus creadores, en la segunda nos es dado ver la progresiva independencia de la ciencia como práctica.

Y por lo tanto, su conflictiva articulación con la lógica política.

Ezequiel De Rosso