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Número 42

El personaje del mes de diciembre

Todos los años, ni bien comienza el verano, un hombre mayor, de excéntrica vestimenta, de aspecto extraño, de vida privada misteriosa, gusta de sentar a los niños más pequeños en su falda, intercambia correspondencia con ellos y luego les hace regalos. Las autoridades, lejos de intervenir prohibiendo el asunto, fomentan el rito colocando árboles y luminarias alusivas.

Los centros comerciales contratan hombres con aspectos similares, los visten como aquel ejemplar y les imponen que actúen de la misma bizarra forma. Curiosamente, son los padres de los niños los que, casi sin excepción, intentan convencer a sus vástagos de las bondades de reunirse con el anciano personaje.

Para ello llevan a sus hijos al encuentro del hombre y les insisten: “escribile una cartita, saludalo, decile cómo te llamás, dale un besito, sacate una foto con él”.

Los niños casi sin excepción, lloran, forcejean, se resisten, esgrimen con toda lógica que se trata de un extraño, para peor, disfrazado, transpirado casi siempre, pero los padres se ríen.

Descalifican a sus hijos: son niños, qué pueden saber de lo que es mejor para ellos. En una sociedad avanzada se espera que alguien indague acerca de quién se esconde detrás de ese ropaje.

La prensa podría alertar acerca del contacto con él, bloquearle la correspondencia. A lo largo de la vida la escena se repetirá.

Otros serán los disfrazados, nuevos intereses, los progenitores convencidos de sus buenas razones, los niños aprensivos, suspicaces.

Padres supuestos bonachones, que dan limosna grande a santos que confían y que no dudan que es preferible asumir el costo que haga falta para dejar incólume una tradición. No promovemos la pérdida del empleo de gerontes barbudos dispuestos a sudar la gota gorda.

No estamos a sueldo de las fábricas de máquinas de afeitar.

Nos mantenemos alerta.

La promesa del regalo no es suficiente.

Nosotros encargamos nuestros regalos a los multiétnicos reyes que llegan con retraso pero cumplen, y lo que es más importante: se encuentran alejados de toda sospecha.

Roberto Gárriz