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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 42

Vacaciones no more

De pequeña, según recuerdo, todo era más fácil en las vacaciones de verano.

Hacia fin de año explotaba la felicidad conyugal de mis padres mientras nos preparaban los bolsos para irnos tres meses a lo de unos tíos con campo y la noche anterior mamá nos contaba los cuentos de siempre pero con los finales cambiados.

Caperucita se amigaba con el Lobo y la abuela les tejía unos lindos saquitos jaspeados rojo y cremita a la niña y verde y salmón al arrepentido animalito.

Hansel y Gretel salían de la olla donde habían estado jugando con agua por horas y la anciana los regañaba porque ya tenían los dedos hechos pasas de uva, pero igual los dejaba hacer ñoquis con ella.

Así, de pronto, la armonía refulgía atravesando las paredes y los cuadernos se preparaban para dormir haciendo cucharita con el Manual Estrada en la penumbra cálida del portafolios hasta el inicio del próximo año lectivo. De mi infancia a la de mis hijas algunos formatos habían cambiado, pero apenas tuve el desencanto de que mis cunitas y ropitas de muñecas que tenía guardadas, no cumplieran con los requisitos del mobiliario e indumentaria de las Barbies.

Después de eso mi relación con cualquier infancia no fue muy estrecha que digamos y además, debo aceptar que me dormí en los laureles.

Porque cuando acepté la visita de mis nietos la primer quincena del año, nunca imaginé la que se me venía.

Había llenado la heladera con bocadillos de acelga y estaba contentísima de haber encontrado casi intacta mi colección de literatura infantil.

Nada de eso se tocó.

La verdura, sencillamente, les provocaba el llanto.

Pasé los primeros dos días intentando inútilmente convencerlos de que no podían salir de casa con esas cabezas llenas de liendres y por poco me hacen firmar una declaración jurada en la que debía reconsiderar mi actitud discriminatoria.

Para darnos un respiro puse un VHS del Chavo del 8, pero todavía estaban bastante enojados porque no se rieron para nada.

Ni hablar de dormir la siesta, me pasé las tardes tomando café mientras me daban y me sacaban de las manos las cartas Magic sin que pudieran explicarme el reglamento del juego.

Los últimos diez días se hundieron en la computadora y recién cuando los vinieron a buscar me miraron, nos dimos un abrazo fuerte, fuerte, fuerte, con el amor de esta abuela que los quiere tanto y cuándo van a volver y no escuché qué me contestaron.

Nora Martinez