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Número 42

Receso escolar

Después de unos cuantos meses de mantenerse como una suerte de versión virtual de sí misma, dedicada a repasar una por una las páginas del viejo catálogo manuscrito que ya nadie consulta y más bien reacia a las charlas improductivas, Betty se apareció en el brindis de fin de año con un ananá fizz y dos turrones blandos.

Apenas servimos la primera copita, varios de nosotros pudimos ver cómo el referencista salía corriendo para el depósito, escondiendo el lagrimón que se le escapaba del lagrimal derecho y con una media sonrisa que delataba la emoción por semejante regreso a la vida. Un rato después, cuando todos en la Biblioteca nos preparábamos para el deseado receso estival, Betty se acercó lentamente a mi escritorio para contarme que había pasado todos estos meses tratando de pensar cómo reinventarse, de manera contundente pero también sin demasiada alharaca.

Junto con el catálogo, había revisado una por una sus agendas de los últimos veinte años, guardadas prolijamente en lo que llamaba las “bolsitas quinquenales”, para encontrarse con la sorprendente conclusión de que había abandonado la niñez, la pubertad e incluso la juventud de una manera demasiado abrupta, y que de esos registros no se desprendían que hubiera disfrutado de cumpleaños en peloteros, fiestas de quince, fogones con porro y vacaciones con carpa en Villa Gesell.

No sirvieron de nada mis intentos por explicarle que difícilmente esos hitos de la sociabilidad figuraban en las agendas, que los salones de fiestas infantiles no existían en la época de su infancia y que veinte años era demasiado poco en su caso para llegar tan lejos en el pasado.

Sin que mis palabras hicieran mella, y mientras intentaba infructuosamente hacer un origami con el envoltorio de los turrones, Betty siguió explicándome que pensaba recuperar algo de lo perdido, acercarse a la infancia por la mera potencia del discurso y por la relativa perspectiva de lo que podía considerarse “un niño” y transformar el dicho popular de ser “una robacunas” en una explosión de felicidad que era un producto directo de sus nuevas habilidades en el chat.

En un segundo me mostró embelesada los pasajes que ya tenía comprados para ella y su compañero de aventura de 20 añitos, la foto del mocoso de pelo largo subido a un cuatriciclo y dos frascos de cremas antiage con claras indicaciones de uso nocturno y diurno.

Una semana después recibí una foto un poco borrosa de Betty haciendo bungy jumping y otra en la que su cara ocupaba casi toda la imagen, aunque se veía una melena que no era la suya y la mitad de una sonrisa perfecta pegada a su mejilla, bronceada y tersa como la piel de un bebé de propaganda.

Me dice que está lista para volver en febrero, renovada y con un tatuaje, chiquito, delicado, de los que duran tres semanas.

María Martha Gigena