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Número 42

Los extraños

Nunca deja de sorprender el modo en que los adultos se refieren a los gestos de los niños.

Una mano que se agita, un ceño fruncido, una súbita elevación de la cejas y rápidamente se produce el sentido: el niño nos saluda, se embola o bien se acordó deque tenía que pagar la luz.

El niño, que apenas habla, que no sabemos si piensa o aún si siente algo remotamente parecido a lo que hablan, piensan o sienten lo que por comodidad solemos llamar personas, debe ser imaginado como un ser regido por las convenciones y restricciones de la conciencia.

Se intenta así llenar un vacío, encontrar alguna continuidad con eso que es radicalmente ajeno y, por lo tanto, indeterminado La indeterminación propia de la primera infancia parece, por lo tanto, desafiar las certezas del sentido. La prueba de que esa indeterminación no puede permanecer vacante (porque “los niños son el futuro”, y al fin y al cabo la garantía de que la cultura tiene sentido), pero también de que cualquier asignación es un ejercicio de la imaginación, puede encontrarse en la figura, escalofriante como pocas, del niño siniestro. En “Es una vida buena”, un cuento de 1953 del de otro modo ignoto Jerome Bixby, un niño con extraordinarios poderes parapsicológicos tiene aterrorizado a todo un pueblo.

El pequeño Anthony no tiene ningún concepto ético que rija el uso de sus poderes: lo que le gusta está bien, y lo que no le gusta está mal, así que cuando su tía lo reprende, Anthony la deja ciega, y cuando quiere entretenerse jugando con una rata, hace que ésta se devore a sí misma.

En El pueblo de los malditos, una película de 1960 dirigida por el también ignoto Wolf Rilla, doce niños nacidos simultáneamente forman una comunidad telepática y desarrollan sus capacidades cognitivas con el fin de destruir el pueblo en que viven.

Según se sugiere, los niños son la primera avanzada de una invasión extrarrestre, pero eso importa menos que el hecho de que en verdad esos niños responden con la sabiduría y el ingenio sorprendente que suelen responder los niños que todos conocemos. Lo que estos textos exploran es el otro lado de la indeterminación: eso mismo que nos parece ineludiblemente humano, esos juegos anárquicos que parecen el origen del arte, ese facilidad para el entendimiento entre pares que parece anunciar el origen de la socialidad, tal vez sean el producto de un error de lectura.

Tal vez los niños nos sean, al fin y al cabo, irremediablemente extraños.

Así, tras los gestos de los niños, como tras la sonrisa del gato de Cheshire, la cultura se desvanece dejando tras de sí sólo un gesto indescifrable.

Ezequiel De Rosso