ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 41

Cuentos seniles: La puerta

Antes de comenzar dos notas: 1.

Mirilla es un redondel insertado en la puerta de calle (que da a un pasillo) de mi departamento a la altura de los ojos, de bronce con un centro de vidrio que permite ver siluetas ovoides, caras informes con ojos agigantados y sobresaltados como de extraterrestres que proyectan la sombra de sus cuerpos sobre mi puerta (dada la ubicación de la luz frente a la puerta del ascensor) dejando los rostros en penumbra, con acento en el carácter fantasmal de las figuras en el exterior del departamento.

Mirando desde afuera por la mirilla se consigue un efecto de distancia, profundidad y miniaturización de los objetos que se alcancen a distinguir.

2.

Todos los modelos de timos que se conocen en la actualidad para hacer abrir la puerta a los incautos se han inventado y se practican desde la invención misma y acaso también antes de que se inventaran las susodichas puertas. Una laboriosa estrategia practicada durante décadas consistente en rechazar sistemáticamente invitaciones, inasistir regularmente a los distintos compromisos sociales y valerme del contestador automático como el secretario más caprichoso e ineficaz responsable de desorganizar mi agenda, fue vulnerada cuando Aída, aquella novia de la adolescencia de mi hermano menor (período pleistoceno), se mudó, casualmente a mi edificio. El timbre, temerario enemigo, se transformó en el sonido de la peor alarma.

Aída con una torta.

Aída con una revista.

Aída con un juego de mesa.

Poco había podido disfrutar del derroche egoísta de mi propio tiempo.

Se supone que a cierta edad cualquier compañía es indispensable, y allí estaba Aída, que llegaba y no se iba (su verdadero nombre era otro, yo la bauticé Aída para aprovechar la rima).

De nada servía preguntar quién era frente a la puerta cerrada.

El sonido indescifrable llegaba como proferido desde debajo de dos frazadas, se tratara de Aída o no.

De nada servía examinar a través de la mirilla el espectro del otro lado de la puerta, la figura indiscernible era Aída la mayoría de las veces, o todas. Modifiqué algunas costumbres, es cierto.

Dejé de escuchar la radio por la mañana.

No perdí mucho.

Ahorré algo en concepto de luz que mal no me vino mientras evitaba delatar mi presencia en el departamento.

Igual sonó el timbre y era Aída con una botella de un espantoso lemoncello casero.

Hay ocasiones en que luego del sonido impetuoso y metálico de la alarma, atendería gustoso al falsario que con cualquier pretexto consiguiera hacerme abrir la puerta, intentara llevarse lo que no es suyo y se fuera enseguida.

Roberto Gárriz