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Número 41

La señora Dalí (última parte)

La señora Dalí dijo que había quemado muchas cartas para no comprometer a su amiga, la princesa de Beirut.

Cambió su declaración y frente a las autoridades judiciales dijo que había tenido dos móviles: vengar el ultraje de su amor y alimentar en una experiencia única a los trabajadores de la construcción que cada día comían en el Oriente.

El arroz con albóndigas a un precio que sólo pagaba el arroz, sin buscar ninguna ganancia.

La carne al horno, que algunos trabajadores confundieron con carne de liebre, llegó a la prensa bajo el título de Obreros caníbales en pleno Buenos Aires. Indignación y azoro de los trabajadores: “No tenemos palabras”, dijo uno de ellos.

“Espero que nunca lo sepan mis hijos”, declaró otro. Las revistas femeninas empezaron a entrevistar a las mujeres.

Mediante un pago una publicación logró reunirlas.

La nota provocadora estaba titulada con una pregunta dirigida a las lectoras: ¿Ud.

besaría a un caníbal?.

Las mujeres dijeron que nunca, pero que sus respectivos maridos no eran caníbales sino trabajadores que mantenían a su familia, que cada día se levantaban a la madrugada para lograr el sustento de sus hijos.

Pero – dijo una – un poco impresiona.

Al menos las primeras veces...

después que se hizo público.

En cuanto a la señora Dalí, varias dijeron que la pena de muerte sería poco.

Que mejor era prisión perpetua – quizá por la palabra perpetua - que amenazaba con una muerte sin fin. La princesa de Beirut fue nombrada al comienzo, pero al poco tiempo la certeza de que era una fábula parecía imponerse. Fue en ese momento que el sobrino Elías Dalí Abdala aportó una prueba: algunos sobres chamuscados con sellos postales de Beirut.

Al parecer su tía había actuado bajo el influjo demoníaco de esta princesa que la convenció de matar al falso coronel con el argumento de que era un ser endemoniado que había llegado a su vida para arrancarle el corazón.

Si ella no lo mataba, sería su víctima. De esta manera esperaba declararla como no responsable de sus actos.

Había matado.

Es verdad.

Pero también había intentado remediar en algo su crimen al utilizar el cuerpo del infortunado para realizar un acto meritorio: alimentar trabajadores sin ningún valor agregado por la carne humana. A pesar del extravío mental, dijo el abogado, no perdió un sentimiento de caridad y no hay que olvidar que rezó, que los vecinos que testificaron dijeron que nunca fue una mujer cruel y que más de una vez cruzaba a un parque para alimentar a los gatos que pululaban por ahí.

En su juventud había inspirado una canción de amor, por su belleza y su bondad. El fiscal ironizó que estaba dispuesto a dejarse comer por semejante persona de bien.

Objeción: Ella no comió, ni siquiera probó la comida que resultó del cuerpo.

Entonces, dijo el fiscal, le pediré que me haga el favor de prepararme como el plato que ella considere compatible con lo que le ofrezco. Las risas y la fiesta periodística terminó cuando la señora Dalí se ahorcó en su celda.

El sobrino de Junín se asoció con los hijos, cerró el bar y restaurante Oriente y en el mismo local abrió una mercería llamada La princesa de Beirut.

Germán García