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Número 7

Noches de Entonces

Otro día escuché de Bernardo Kordon una historia que recordé más de una vez, para convencerme de que mis problemas eran sólo una broma.

En un gueto de la ciudad polaca de Drohbicz, un oficial SS sacó su arma e hizo puntería sobre un judío llamado Bruno Schulz, algo nada particular en la Polonia ocupada de 1942.

Nadie registró el nombre del oficial alemán. Tanto en Polonia como en Francia se ha comparado muchas veces a Bruno Schulz con Franz Kafka; se lo llamó más de una vez el Kafka polaco.

Además, Schulz anotó algunas coincidencias en el prefacio que escribió para la traducción polaca de El pro ceso. Bruno Schulz vivió parte de su vida en Viena, parte en Varsovia y, ya escritor consagrado, viajó a París.

Su obra está hecha de los recuerdos de una sola calle, la de aquel gueto, con las “tiendas c olor canela”.

Cuando fue asesinado trabajaba en su novela El Mesías, cuyos originales desaparecieron. A diferencia de Kafka, me dijo Kordon, Schulz es corpóreo, sensual, con cierta magia erótica, que está entre Chagall y la Biblia. Después de esa charla, Kordon me regaló un número de su revista Capricornio, donde había publicado un capítulo del Tratado de maniquíes, traducido de la edición francesa de la editorial Julliard.

En el mismo número había cuentos de l a dinastía Tang Li Fou-Yen, Che n Ki-Tsi y Li Kong-Tsuo, que Kordon difundía porque había conocido a Mao y más de una vez había viajado a China, sobre la que escribió libros y relatos. Lo cierto es que después de Bruno Schulz, de aquella historia contada por Bernardo Kordon, me convertí en colaborador de la revista Raíces sin escuchar a las críticas (de izquierda) por el "sionismo" de su línea editorial.

Y de izquierd a porque, aunque no era un “ciudadano ideológicamente esclarecido”, los argumentos de la derecha siempre me parecieron, en el peor de los casos, peligrosos y, en el mejor, divertidos.

Sus pretensiones en la cultura adolecían de una confusión con los buenos modales y sus razonamientos políticos concluían en la imposición por la fuerza.

En cuanto a su moral, cada vez perdía más clientes, incluso entre sus vástagos.

Mariani, un amigo anarquista, llegó a proponer la iniciación sistemática de las hijas de la burguesía, iniciación en una sexualidad orgiástica, como un modo de cortar la descendencia de semejante gente. En aquella época quería tanto a Kafka que me atreví a dar una conferencia sobre El proceso invitado por Darío Cardenas, en un ciclo cultural de no recuerdo qué.

Me encontré frente a unos cuantos desconcertados en un teatro de butacas vacías.

No podía hablar sobre K., yo era K.

Por eso leí lo que tenía subrayado, después de situar a Kafka mediante algunos datos inciertos.

El público fue amable; por mi parte fui discreto y reduje mi conferencia a media hora.

Germán García