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Número 41

Don Morelli y el viejo Boris
Solista

En la finca de los Bardetti, desde hacía muchos años, se alojaban dos extranjeros solitarios, ancianos ya.

Uno era don Morelli, tenía su piecita afuera con baño y cocina, pero pasaba todo el día con la familia.

Había venido huyendo de la guerra con el abuelo y de él había heredado la cabecera de la mesa.

Tres cosas conservaba intactas: la manía de remojar el pan en el vino, la ropa y una salud de hierro.

No se enfermaba nunca, así es que cuando de un día para otro llegó a su fin, a la mitad de los Bardetti le pareció que ya era hora y a la otra mitad le corrió algo frío por las sienes -aunque todos por igual tenían que decidir entre el entierro común o el panteón familiar, según lo declararan medio pariente o no.

En vida nunca había hecho nada para simpatizar con nadie, no era amable ni mostraba afecto alguno a excepción de un cierto enojo constante que lo seguía como un aura.

Si veía que los más chicos dormitaban arriba del plato o se les daba por cantar durante la cena, daba un golpe de puño contra el mantel y había un silencio pasmoso hasta que cesaba la vibración.

Boris, el viejo Boris, era polaco.

Suponiendo que había llegado en la misma época que don Morelli, le adjudicaban el mismo pasado de trincheras, de abandonar el querido suelo en la devastadora pobreza, de comer alimañas y esas cosas.

Se llevaban tan mal Boris y Morelli que seguramente se habrían disputado una mujer.

Los que sabían bien la historia eran los abuelos, pero ya no estaban, y ninguno de los dos viejos hablaba lo suficiente.

Uno gruñía, el otro casi graznaba.

Alguna diferencia habría sin embargo, porque al viejo Boris lo tenían viviendo también afuera pero en una habitación mucho más pequeña, casi un cobertizo, con una cama desvencijada que remataba en tubos de bronce.

No hacía otra cosa que ir a caminar bien temprano a estirar aún más sus largas piernas flacas y a extender su mirada acuosa por los alrededores.

De sus ojos salía una especie de amor silencioso y pacífico, un sentimiento sorprendido de sí mismo, gestado para sus adentros, nacido como un hilo delgado que se convertía en manta suave y cubría por completo todo lo que veía.

De joven, un martes de abril, Boris había deseado que su madre volviera a hacer los wojnie wyznania pomiedzy que tanto le gustaban.

Después vino la guerra.

Bajo la parra de los Bardetti cada fin de año, alrededor de la mesa festiva, los niños corrían con botellas y latas vacías que llenaban de cohetes, los hombres se juntaban para ir a disparar sus armas al aire, las mujeres se calculaban los retrasos menstruales o rompían platos contra el piso para que saliera un número en la lotería, y los dos viejos se robaban el pan.

Nora Martinez