ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 40

La señora Dalí (quinta parte)

En la cárcel de mujeres de Buenos Aires no está permitido querer ser femenina, tampoco masculina.

Las mujeres tienen que aprender a ser cuerpos regulares, sin nada que los distinga. A la señora Dalí la distingue la visita de Elías Dalí Abdala, un sobrino que tiene una mercería en Junín – Provincia de Buenos Aires – y que tramitó los problemas legales del Oriente.

La familia del muerto estaba fuera del asunto, ya que nunca se habían casado y sus hijos – Salvador y Pablo – autorizaron al primo y se fueron a Brasil.

Elías era el único sobrino, sería heredero por la tontería de los hijos.

Al cuidarla, se cuidaba para evitar extraviar su herencia.

Elías, como su padre Abdala, creía que la señora Dalí era una mujer perturbada, una mujer que tenía una olla de grillos en la cabeza.

Pero tanto el padre como la madre de Elías habían muerto y no tenía hermanos.

La mercería le daba de comer y de cojer.

Vestía los sueños de algunas vecinas a cambio de favores sexuales.

También se entendía con el abogado de su tía, a la que le hablaba de Beirut para entretenerla, aunque lo único que le interesaba era el Club Sarmiento de su ciudad, que siempre se iba al descenso.

Beirut, querida tía, es una ciudad extraña.

Los muertos que aparecen por las calles – la mayoría degollados – carecen de documentos y no tienen familiares que los reconozcan.

Los que tienen dinero viajan lejos, vuelven cansados y se pasan los días violando a la servidumbre.

Leen Hegel y vuelven a partir.

Los pobres se arrastran por las calles, imploran a sus dioses, comen lo que sea y se entregan al sueño.

Dormir es una droga para los pobres de Beirut.

Duermen cuando pueden y sueñan con otros países.

Despiertan y buscan comida.

Las madres son duras con sus hijos; les pegan en la garganta con una vara de mimbre, le arrancan las pestañas, los pelos de la nariz.

Las uñas de estas madres se prenden a lo que sea, a lo que sirva para arrancar.

Las generaciones son como soplidos: nada cambia, nada se altera.

Las autoridades son elegidas no sé por quien, los políticos aparecen un día y desaparecen sin dejar huellas.

Los periódicos se usan para vendar heridas.

La historia de Beirut según le cuenta la señora Dalí a las reclusas, tiene algo sagrado, pasa por libros polvorientos, por enigmáticas mezquitas, por piedras grabadas que nadie intenta descifrar. La vida de la princesa de Beirut es ajena a esta historia: lee en el puerto, se hace escoltar por sus perros, cada tanto viaja a Damasco con su madre. La familia no entiende el idioma en que están escritas las cartas que les llegan desde la República Argentina.

La madre llegó a pensar que el remitente ocultaba a un enamorado secreto.

Aunque el corazón de la princesa es duro, late en un cuerpo elástico y sensual.

¿Qué pasará con este corazón cuando ella se baña y ve su cuerpo desnudo?.

El cuerpo de la princesa tiene algo azulado; una tonalidad diferente a esa piel verdosa que siempre admiró en su madre, Al fin, le dijo su madre, es tan natural ser azulada como verdosa. En la Argentina la Policía Federal logró establecer la identidad del paraguayo asesinado, incluso logró una lista detallada de quienes se habían alimentado con su cuerpo. (Continuará)

Germán García