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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 40

Cuentos seniles: Necesidades

El 24 de diciembre a la noche nos hacían desalojar el living a los niños de la familia y mi padre agregaba que también había que dejar el baño desocupado.

Se supone que Papá Noel estaba a punto de llegar y considerando su edad, papá, previsor, se aseguraba que el anciano pudiera descargar, más allá de los regalos.

Se imaginaba a un Papá Noel urgido, sobrevolándonos en su trineo y que –sin un gesto cómplice como el de mi padre- se vería forzado a rociar a los transeúntes aquí abajo. Para esa época mi padre hacía tiempo se había convertido en un experimentado orinador a cielo abierto con tácticas variadas mediante las que evitaba ser visto.

En plena calle, entre dos autos estacionados, por ejemplo, distraía como un mago a su auditorio mirando hacia arriba con preocupación mientras hacía correr el chorro, sacudía y guardaba y se retiraba satisfecho.

Había desarrollado la habilidad de emitir la micción mientras caminaba sin salpicarse ni una sola gota y conocía los mejores lugares para parar en las calles y en las rutas para regar las banquinas. Ahora que se ha generalizado el uso de equipos de aire acondicionado que chorrean agua hacia los transeúntes, que las plantas en los balcones se riegan hasta desbordar, que muchos dueños dejan a sus perros en los balcones y los animales aguantan hasta donde pueden y luego hacen lo suyo y dejan que la fuerza de gravedad se cumpla mojando a los viandantes, que las palomas son plaga y todo lo demás.

Todavía ahora, después de tantos años, cuando se acercan los 24 de diciembre o cuando una urgencia me sorprende, recuerdo a mi padre, su solidaridad con Papá Noel, supongo que ya no existen hombres tan considerados y evito en lo posible ser tocado por cualquier fluído que venga del cielo.

Roberto Gárriz