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Número 7

Migraciones

Venía con el brazo apoyado en el respaldo del asiento y sobre ese brazo, un costado de la cara.

La mirada apuntando hacia un lado del vagón del tren en el que viajaba, justo hacia la puerta que en ese momento acababa de cerrarse herméticamente, dejando un espejo negro delante de él.

Se vio allí. Se vio callado, se vio pensar sin decir palabra.

Se vio con su rostro de piedra morena, de coral áspero y milenario.

Se vio también como lo veían los demás: como un indio criado a mamadera, a televisión.

Se vio recordar lo que nunca supo sino a través de infinitas leyendas, de murallas talladas: su historia.

Su prehistoria. Siglos de libros muertos que fueron deshilando con sus cifras los bordados multicolores de la indiada, su familia.

Un apellido que devino tribu.

O al revés. Cerró los ojos y miró hacia afuera, a través del vidrio, hacia el andén inmóvil.

Un mundo de gente se apretó para entrar, para invadir y conquistar ordenadamente cada espacio del transporte. Más fuerte cerró los ojos y llegó a ver -en el extenso fondo cristalino de ese mar de gente entrando, ayudado por los rayos del sol y de la luna- el quebrantado barro heredado, aún y aciente, en forma de collares y cacharros recocidos.

La supervivencia polvorienta de los símbolos.

Otro velo, en fin. Sabía que pronto tendría que bajar y no quería.

O no podía. Una acidez de melaza y cereales le inflamaba el estómago y se palpó el abdomen.

Sujetó sobre sus piernas a la virgen de resina que lo acompañaría hasta el altar de la próxima estación.

No más. Vacilante, comenzó a salir y empuñó a la virgen para darse fuerza, para empujarse contra los otros, para abrirle paso a su fe.

Un gesto nuevo le inundó la cara.

El mismo gesto que hace mi gata cuando caza alguna mariposa y me la trae de regalo.

Nora Martinez