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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 40

Sur del suburbio

Una gota gorda había castigado mi mollera y me sentí un reptil surgido de las profundidades saliendo a la luz.

Iba caminando cubierto por esa techumbre alzada a una distancia descomunal, rodeado de gente que salía y entraba a los empujones como cardumen.

Somos minúsculos frente al desarrollo de la ingeniería: tanto hierro, vidrio, zinc en la bóveda oxidada y chorreante, el progreso traído de una floreciente Europa propulsado por los países al ritmo del vapor empujando pistones, solté de corrido y la caterva de ideas me hizo pestañar.

Casi se conservaba como en aquel tiempo, calculé, sorprendido de que en minutos esa omnipresente maquinaria me trasladara sobre rieles comidos por el uso y rodara a lo sardina protegido de las inclemencias por una morrocotuda caja metálica, sonreí sin gracia por semejante inspiración sardónica.

Pensaba es un chiste ir sentado, ver desfilar vendedores ambulantes o ambulatorios opuestos al avance, que ofrecían variadísimos productos gastronómicos; un disparate mayúsculo su música chillona a extremado volumen, tan ajena a la realidad; evidentemente aquello, lo que pasaba, seguía siendo díscolo como mis pensamientos, regados por un paisaje de casas donde redoblaba la lluvia, que se centuplicaba a velocidades fluctuantes atrás del vidrio chorreado: ¿pero pasaba eso en realidad? Si era otra chica desinflada, la habías acompañado tres veces hasta su vivienda familiar con jardín delantero y le habías escamoteado un beso justo cuando te clavaba esa puerta enana de la verja en plena rodilla.

Vivificante, pensé, por primera vez en la tarde con cierta coherencia, porque estaba yendo al encuentro de Viviana, a quien desde nacida le habían dicho Vivi; qué vivo, lagartón, urdí, vivís estropeando todo el viaje por la premisa de saber que es difícil, repetía para mis adentros, difícil, mimetizado con los sordos ofertantes, difícil, imbuido ya de entera realidad o realismo tanto que me saltó una lágrima, difícil que Vivi siga viviendo...

en Turdera.

Sergio Fombona