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Número 40

Una historia difícil de creer

Yo le creo a Agustín.

Dice cosas extrañas, siempre cuenta cosas que es casi imposible que pasen.

Pero si él dice que es así, yo le creo.

Tiene tanta cara de tonto que no podría inventar nada.

Pero además tiene ojos grandes, claritos, y cuando cuenta algo los abre de tal modo que parecen uno solo, como un ojo de buey.

Y desde ahí alcanza a ver más que cualquiera y como también tiene cabeza grande no se olvida de nada.

Me contó que iban por la ruta con sus padres hasta Bahía Blanca, para pasar la Navidad con toda su familia, que es de allá.

Iban los padres, él y la abuela.

Dice que se les hizo tarde, que últimamente estaban discutiendo mucho en su casa, por la abuela más que nada, porque dijeron que sí, que venga a vivir con nosotros, la queremos más que a nadie en el mundo, que acá la vamos a llevar a pasear a tantos lados, no se puede comparar capital con provincia, todo lo que se puede hacer en la ciudad, pero que ya nadie se la banca.

Y que así, peleándose por todo, que no encontraban las cosas, las valijas, la ropa para ponerse al otro día, la abuela que quería ir al baño, la bolsa con los regalos, la tarjeta de crédito, la cajita de remedios con la plata para no dejarla en la lata de yerba como siempre y que una cosa trajo la otra, se les hicieron las mil y quinientas, como le dijo la mamá a su tía la última vez que llamó por teléfono para avisar que se quedaran tranquilos, que ellos iban a llegar como para el brindis, pero que iban a llegar.

Cuenta Agustín que en el camino se comieron el vitel toné y la tabla de fiambres y hasta un vasito de sidra que tomaron todos de la tapa del termo.

Llovía, estaba tan oscuro, que él ya se estaba durmiendo y quería poner su almohadita sobre la falda de la abuela y la abuela le decía salí, con esa cabeza gigante que tenés y que todos estaban un poco dormidos y de golpe escuchó la frenada del auto.

En eso vio a Papá Noel, solo, contra la ventanilla, queriendo que lo acercaran porque también llegaba tarde, que le abrieron y entró por la puerta trasera pidiendo un lugarcito pero en realidad sacó de un brazo a la abuela y la tiró a la banquina.

Y lo mismo hizo con todos, menos con él, que se lo llevó adonde está ahora y nadie lo ve, salvo yo, porque me viene a visitar todas las noches y me cuenta unas historias rarísimas.

Nora Martinez