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Número 39

La casita de mis viejos

Recuerdo el jardín del frente de mi primera morada.

Recuerdo perfectamente el aroma de los rosales, de las glicinas.

Mi madre cuidaba las flores con esmero y no se sabía quién le debían su aroma a quién.

El jardín del frente...

dos sillas en la puerta, mis viejos sentados, tomando mate, y yo jugando a la rayuela con los pibes del barrio.

Y cuando el sol caía, todos adentro, la luz eternamente tenue de la cocina, la mesita de madera que inevitablemente rengueaba (nunca supimos si por un problema del mueble en sí o del suelo tal vez irregular).

Allí las cenas eran el mejor momento del día, porque todos nos reuníamos en torno al plato de sopa, al guiso, al churrasco con ensalada...

nunca fue muy variado el menú pero siempre delicioso, así lo recuerdo.

Después de la cena venían las charlas de mis padres, que Carlos, mi hermano mayor, y yo presenciábamos en silencio y con admiración.

Luego, los chicos a la pieza del fondo y mi mamá y mi papá a la suya, que era para nosotros un lugar casi desconocido.

Recuerdo también las ‘luchas’ en las camas desvencijadas con Carlos, casi diez años mayor que yo, hijo del amor infinito que le tuvieron mis padres que lo adoptaron cuando pequeño... La casita de mis viejos...

la casita gigante de recuerdos, pero de escasos 40 metros cuadrados, que mis tíos -lo sé porque mis padres lo contaban cada vez que podían- les regalaron cuando se casaron, “de un corazón enorme tus tíos”, decía mi mamá.

Esa casita ahora está en venta.

Mamá ya no está, se nos fue la viejita.

Y papá...

está grande y tiene problemas de salud.

Nos contaron los vecinos que lo vieron defecando al lado del último rosal que quedó en pie, pobre viejo.

Y en medio de ese triste cuadro, mis primos -sin siquiera consultarnos a mi hermano o a mí- decidieron venderla y dicen que no nos van a dar un peso por la propiedad.

¡Si mis padres pagaron siempre todos los impuestos! ¡Algo nuestra debe ser la casita! Qué digo ‘nuestra’, si ese Carlos ni hermano es en realidad.

La casita es mía, mía y de mi viejo bah, pero el viejo se caga en todo, digamos que no le importa.

Yo digo: 40 metros cuadrados en Villa Tesei, en un barrio que antes no era nada, pero que ahora es enorme, tiene que valer sus 30.000 dólares, ¿no? 30.000 dólares por lo bajo, digamos.

Con eso abro un kiosco, no sé, lo pongo al viejo a atender que total, atender puede, amable sigue siendo, y le va a venir bien sentirse valioso, importante.

Porque el trabajo dignifica, ya lo decía mamita mientras regaba las glicinas.

Yanina Bouche