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Número 39

Viaje al entierro de un padre

Creí haber recorrido esa gran distancia, severos kilómetros, bajo el peso y el apuro por salvar la palabra empeñada en mi temprana juventud: sostener su mano en los últimos estertores. Íntimamente me develaba el intento por adivinar mi propia muerte.

¿El final sería en inspiración o en exhalación? Este detalle marcaba una diferencia tremenda en la erótica del aire.

Si pudiera elegir una de ellas; si la lucidez me permitiera soltarme de todo, hasta del aliento.

Al llegar me dijeron que había muerto en un momento en que nada ni nadie dependía de él; por eso su muerte era un modesto acto de extinción.

Sin melodramas ni tragedia. Entré a la habitación y alcancé a distinguir sobre su mesita de noche los lentes y un paladar rosalbo y acrílico munido de pequeños dientes ambarinos en los extremos.

Pensé en esos restos sin linaje que no accedían a la dignidad de la tumba.

Denunciaban el modo en que malgustaba la vida mi padre.

Irrelevantes, no reintegrables al cuerpo. Al quedar allí se deshacían del valor ruinoso con que yo sostenía, desde mi silencio, su sombra alta, su nombre, sus avatares. No eran más que los restos escombrosos de un viaje.

Trozos desmontables, añicos, piedritas de Demóstenes, que me habían apurado a hablar en otra lengua que la nostalgia.

Pilar Ordóñez