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Número 39

Una forma del infierno

Dícese de un hombre que, a fuerza de cometer los pecados más audaces, por lisonjear amores sin merecerlos, por exaltar la belleza de la poesía y no la de las divinidades, por florear con imprudencia ciertas inmoralidades, por adular los riesgos vanidosos del heroísmo, por eludir batallas, por ser cobarde, y por muchas más cosas, se ganó el Infierno. Primero temió los sufrimientos eternos; estando ya muerto y condenado, el hombre mantenía tristemente sus facultades mentales.

Mientras sospechaba el carácter de su condena en todas sus formas, dos hurañas criaturas lo tomaron de sus hombros y lo condujeron hasta un espacioso y negro rincón.

Las manos de las criaturas sujetaron su rostro hasta dejarlo quieto sin posibilidad de movimiento.

¡Contempla tu condena!, vociferó con irritación una de ellas.

Observó el rincón, y frente a él se abrió una tenue luz que fue aumentando su esplendor.

Vio un rostro y después un lugar conocido.

Detrás de un cristal vio un inmenso cielo con dispersas nubecillas y un barrio lleno de edificios.

Y ese rostro que conocía, surgió en el medio de esa visión.

¡Era Marina! Ahora podía verla del todo, era el rostro suplicante y sollozo de Marina.

¿Pero qué es lo que hacía aquí, en las profundidades del Infierno? Escuchó su voz, corrompida por el miedo y la tristeza.

Conocía ese instante de su vida ¡cómo poder olvidarlo! Reconocía la confitería, reconocía la esquina y el instante que había injuriado a la mujer que había amado y que, secretamente, nunca había dejado de amar.

La vio llorar, la vio con la desesperada pasión que poseemos en todo final.

Y escuchó sus propias injurias y su desdén.

Se vio salir con violencia de la confitería, y no podía suspender sus movimientos, y ella que no se atrevió a seguirlo; no sabía entonces que sus vidas se bifurcarían para siempre.

Mientras esperaba, no supo sospechar la más triste de las condenas: contemplar nuestra propia memoria.

José Ignacio Alonso