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Número 39

Clavó Plablito

Tenía escrito que un clavo saca otro clavo.

Yo miré la hoja, tomé más café.

Seguí en la reunión.

Seguí pensando en los clavos, y en que hay clavos que nunca pueden sacarse.

Permanecen incrustados en las capas más profundas de la piel y hasta algunos llegan a los músculos, por no nombrar a los otros, que quedan alojados en la médula de algún hueso distraído y que se hizo el superado.

Oxidados, pequeños clavos que dibujan una estela blanquecina, que se hace más viscosa si en algún momento el organismo bombea más sangre.

Y si hay más sangre, el latido es más armonioso, como la música de Cesaria Evora.

Y es justamente ahí cuando aparece, con su peor cara de maldito, el clavito que hace fuck you, recordando que nunca se ha ido, siempre ha estado ahí.

Cambian de forma y color con los años, es cierto, incluso se vuelven casi imperceptibles, como una línea de lápiz en una pared ocre, como las agujas de un reloj pulsera, como un hilo de tanza.

Cambian de forma y color, se transforman, alguno que otro, si es que el organismo puede considerarse más evolucionado, termina casi por disolverse.

Pero es una disolución aparente, la sangre sigue fluyendo con una dosis pequeña de metal.

Una dosis que quizá en algún momento quede alojada en un órgano, o si hemos tenido suerte, una dosis que nos acompaña hasta que la parca nos determine el stop. Me enteré que en ciertos lugares venden antibióticos para el tétano de estos clavos.

No es verdad.

Ningún remedio es efectivo si tomamos en cuenta que para cada quien, el clavo tiene una composición distinta.

Pero sí recomiendo una suerte de ungüentos que, aplicados sobre la piel, dejan aroma a jazmín y una sensación de somnolencia, indicada para cuando el clavo aún está demasiado intacto o reaparece en el torrente sanguíneo provocando mareos y náuseas.

Ni hipnotismo, ni psicoanálisis, en cuestiones organícas esto es igual a cero.

Tenemos que darnos cuenta de la existencia del clavo, reconocerlo, y después, dejar que siga su curso.

Un recorrido doloroso y en algunos casos con cierta pestilencia, pero nada puede hacerse mas que aprender del pinchazo para la próxima vez, mantenerse lejos.

La distancia óptima entre las fibras de un músculo es cuando éstas no están ni contraídas ni estiradas, es decir, cuando están relajadas. Relajados avancemos entonces con la vista entrenada, el tacto sensible y agudo, el razonamiento como fiel sirvienta.

Relajados avancemos pero, siempre saber, siempre en claro: ellos pueden transformarse, pero nunca, ¡nunca!, los clavos desaparecen.

Majo López Tavani