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Número 39

La señora Dalí (cuarta parte)

Ya en la cárcel la correspondencia se hizo regular. Un rumor decía que las cartas las mandaba la secretaria del abogado, otro decía que las escribían sus compañeras de prisión para burlarse, otros que eran escritas por los carceleros aburridos.

Y no faltó quien dijo que las escribía ella porque tenía “doble personalidad”.

Emitía y recibía sus propias cartas, sin saberse agente de lo que ocurría. Pero el abogado, joven y arrogante, tenía los sobres con sellos postales autenticados por el Correo Central. En los primeros meses la mariposa de alas negras no apareció por la cárcel, aunque la señora Dalí creía ver su sombra en el muro del patio.

Pero una tarde estuvo segura; los guardias jugaban a cazarla con rifles de aire comprimido.

Esos guardias eran mujeres, eran detestables.

“Así que la viuda es ella” se burló la que conocía la historia porque se había ganado su confianza en la soledad de los primeros días.

Otra recordó el caso Burgos, un hombre que descuartizó a su novia y la distribuyó por diferentes medios en diversos puntos del país.

Al menos, acotó, no ganó plata con los restos de la infortunada. “Gastó plata en estampillas”, acotó otra. La señora Dalí no se molestaba, leía las cartas donde la princesa le describía el Beirut que ella había dejado cuando era una niña, cuando caminaba detrás de los zapatos de su padre hacia el puerto, cuando cruzaba el mar sin saber nada.

Nada de nada.

La princesa le hablaba de telas de algodón, del Mediterráneo, de uvas y de vinos exquisitos.

Le hablaba de muselinas y de sedas crudas. De sus viajes por Alepo, de sus llegadas nocturnas a Damasco.

Le enviaba una fotografía de la mezquita mayor, antigua catedral de Juan Bautista, construida en el 1100.

Le contaba historias de Herodes, de suntuosos edificios que se destruyeron, como los monumentos cristianos. Puede ver el agua que golpea contra las murallas del puerto de Beirut, puede ver a la princesa apoyada en gruesas cadenas marinas, mientras contempla un monumento y mira barcos que se alejan.

La escoltan dos perros que se frotan, hocico contra hocico.

Los hombres la miran, no se atreven a dar un paso. La escena es conocida por los que frecuentan la zona sur del puerto de Beirut, donde la ven cada mañana escoltada por los perros.

Algunas veces lee cartas, lee con el pelo al viento y el cuerpo quebrado sobre su pierna izquierda.

Cuando se retira – un carruaje, con el tiempo es una automóvil – elige a unos de los hombres del puerto que la satisface con su boca entre las piernas mientras la princesa se entretiene con la fronda de los árboles y la silueta de los edificios de la ciudad.

Los familiares simulan no saber de qué se trata. No saben nada de los perros, de los desgraciados de los puertos, de las cartas extrañas en lenguas extranjeras.

Cuando son interrogados por la policía – cosa que ocurre cada año – hablan de una correspondencia con una princesa francesa, residente en Buenos Aires, que se dedica al arte de los sueños.

La policía de Beirut no cree nada de esto, interrogan por la rutina que se mide en el dinero que reciben.

Germán García