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Número 7

Maragam Blues
Alfombra mágica

La Alfombra Mágica era uno de esos toboganes gigantescos y ondulados que habían hecho furor uno o dos veranos, hasta que a la gente se le pasó el efecto de pagar un mango por subir penosamente ciento treinta y cuatro escalones desde el triste suelo de todos los días hasta la plataforma de lanzamiento- y después deslizarse boludamente feliz encima de una bolsa de arpillera, para terminar en el mismo lugar de donde se había partido, y con la misma cara de infeliz de siempre. Esa Alfombra Mágica abandonada en la laguna de Gómez podría haber sido un elemento casi perfecto para, llegado el caso, demostrar fehacientemente que la felicidad es cosa de infelices. Era un monumento a los boludos alegres.

Un conjunto ruinoso de hierros y chapas en proceso de oxidación, despreciado en el ir y venir de las modas y las costumbres fugaces de la humanidad que, en determinada ilegalidad del invierno, servía para comprobar nuestras dudas, es decir, si teníamos un poco de esa misma alegría medio boluda en las venas o no. Entonces, dicho en la terminología poética del Tano, cuando en nuestros ombligos se ensillaban los carruajes del cielo, nos tirábamos desde aquella plataforma, como si nos arrojáramos por otro sendero de nuestras lastimosas existencias de bueyes chinos. Teníamos esa misma alegría.

Bueyes chinos.

Sergio Rigazio