ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 39

Lugares

El barrio es bastante deforme.

Hay casas nuevas con jardín adelante y otras antiquísimas, con habitaciones que dan a la vereda y casi tan altas como los edificios de construcción sencilla que surgen cada tanto.

Fondos y terrazas empalman sin cordura. La vecina de Shim, Sofía, es también vecina de un niño que a veces la visita y que le dice abuela aunque sabe que no es ni pariente ni nada.

Sólo comparten un terreno casi vacío, largo, con una puerta verde de reja que lo separa en dos patios.

Al pasar de un patio al otro el niño tiene cuidado de cerrar esa puerta.

Siempre.

Y este acto, que no debe olvidar, le produce un alivio demoledor.

Mira hacia su casa y observa los malvones enviciados por la falta de poda y una hiedra que alguna vez intentó trepar pero se detuvo.

Puede contemplarla todo el tiempo que se proponga, que la hiedra seguirá eternizada en su obstinada debilidad.

También hay una vieja cabina de tubos de gas que ya no existen.

El patio de Sofía, en cambio, está lleno de latas de dulce con helechos que crecen sin parar, que escupen semillas y se prenden a las paredes porosas de la casa, primero afuera y después adentro.

A él le gusta ver eso, muchas veces entra a la casa de Sofía siguiendo esa ruta herbácea.

Pero ahora hay un hombre con ella, no consigue ver quién es y se aleja corriendo.

Shim escucha un choque de hierros delgados a cierta distancia, y no se mueve.

Quiere decirle algo a la anciana, aunque parece estar esperando que sea ella quien le explique para qué lo trajo hasta allí, por qué, si él estaba yendo hacia otro lado, si ya estaba en camino de encontrar lo que nunca se cansa de buscar.

Octubre, claro, la gata que un día se fue.

-Tengo sillas, hijo, no te quedes ahí parado.

De todos modos no es mucho lo que tengo para decirte.

Qué puedo decirte.

Te asomas y huyes, como cuando eras pequeño.

No te ayuda empezar siempre de nuevo.

El destino - con la mano espantó el aire enfrente de su cara-, ay, el destino.

Es puro papeleo -y empezó a sacudirla una risa honda, desbordada, maravillosa, demasiado vital para su frágil figura.

Se levantó del sillón y dejó el tejido a un costado mientras continuó sentada tejiendo su crochet.

Fue a la cocina con una agilidad que la hacía ver liviana, volátil, al tiempo que, inmóvil, no fue a ningún lugar.

Shim la siguió.

Nora Martinez