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Número 38

Un gordo de bigotes

El célebre doctor en letras, crítico literario, psicodramaturgo y astrólogo Erbóreo R.

Frot sostiene que, con cierto entrenamiento en la lectura, se pueden conocer algunos aspectos de los escritores.

El procedimiento es fácil: hay que abrir el libro (o la revista), seguir la letra impresa hasta la pluma (o la máquina de escribir o la computadora), allí subir por la mano hasta quedar frente a frente con el que escribió lo que se está leyendo.

Mírelo a los ojos y sepa cómo es, cómo piensa, cómo se le ocurrió escribir eso. Puede fallar, se ataja Frot.

Y pone como ejemplo la vez que le llevaron unos textos presuntamente firmados por Yanina Bouche y dijo que el escritor era un gordo de bigotes que se come las eses cuando cita a William Shakespeare o se come las tes cuando nombra a Ludwig Wittgestein.

También aseguró que Bouche era una viejita debilucha que llevaría a Einstein y a Beethoven a cortarse el pelo a un coiffeur de seccional.

Puede ser una profesional diligente y ama de casa ocasional, o una de las nuestras, o un paracaidista demasiado confiado, puede ser, dijo.

Y concluyó que, por supuesto, no todo eso ni mucho menos.

Se trata simplemente, dijo, de un personaje de ficción que se han creado para revolucionar el mundillo literario. La buscó sin éxito entre los integrantes de la OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle, Taller de literatura potencial, grupo de escritores al que pertenecían Georges Perec, Italo Calvino, Raymond Queneau y el matemático francés Francois de Lionnais, entre otros). Luego creyó posible encontrar a Bouche en aquella “sociedad secreta sin precedentes en la historia del arte” que describe Enrique Vila-Matas en su Historia abreviada de la literatura portátil, cuyos requisitos eran: “Aparte de exigirse un alto grado de locura, quedaron fijados los otros dos requisitos indispensables para pertenecer a esa sociedad: junto a que la obra de uno no fuera pesada y cupiera fácilmente en un maletín, la otra condición indispensable sería la de funcionar como una máquina soltera.” “Aunque no indispensables, se recomendaba también poseer ciertos rasgos que eran considerados como típicamente shandys (*): espíritu innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos, nomadismo infatigable, tensa convivencia con la figura del doble, simpatía por la negritud, cultivar el arte de la insolencia.” “(*) Shandy en el dialecto de algunas zonas del condado de Yorkshire (donde Laurence Sterne, el autor de Tristram Shandy, vivió gran parte de su vida), significa indistintamente alegre, voluble y chiflado.” Siempre según Vila–Matas: “Formaron parte de la sociedad secreta de los portátiles, más conocida como la conspiración shandy: Walter Benjamín, Marcel Duchamp, Pola Negri, Valery Larbaud, Georgia O´Keefe, Sabino, Witold Gombrowicz, Federico García Lorca y Scott Fitzgerald.” Tampoco se la mencionaba a Bouche, (acaso incluirla con su verdadero nombre en una en una lista es como pegarle un tiro en la frente) lo que reforzó las certezas de Frot: “Si Bouche es la más Oulipiana de los escritores y la más alta representante de la sociedad secreta de los portátiles sin que su nombre figure entre ellos, se confirma que los mencionados no son otra cosa que testaferros de, siempre que exista, Yanina Bouche.” Lo que confirma que el fenómeno Bouche, es mucho más importante de lo que pensábamos y tendrá repercusiones inimaginables.

Roberto Gárriz