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Número 38

Venganza de mujer

Abrumada como pocas veces la había visto, Betty entró a la Biblioteca hace un par de semanas y se desplomó, sin ningún tipo de compostura, en uno de los silloncitos que recibimos en la última donación y que desde entonces sirven de descanso a los socios más remolones.

Conciente del efecto desolador que esa actitud había provocado en el referencista, Betty, lejos de componerse, acentuó el dramatismo de la escena pidiendo a gritos un té de hierbas.

Mientras yo misma le alcanzaba la infusión sanadora, una de las socias más atentas le tomó el pulso y empezó a darle aire con una edición repujada en cuero del Martín Fierro.

En medio de tan dificultosa tarea, conseguimos también que el referencista se retirara a su oficinita del fondo, con el evidente objetivo de achicar la cantidad de público y empezar a develar el enigma de la angustia que aquejaba a mi compañera.

Un rato después, sacudiéndose el polvo que le había caído por el revoleo de nuestro poema épico nacional, Betty pudo balbucear la explicación que nos dejó boquiabiertas e indignadas.

Desde hace unos tres años, y cada vez con mayor crueldad, venía siendo sometida a una serie de cobardes vejámenes cuya autora material –un rato antes lo había descubierto- era una vecina de lo más amable que se hacía llamar Norita y cuyo apellido, hasta donde había podido averiguar, era Martinet o Marquinés.

La mujer, a instancias de un tal Quintero, a quien alguna vez Betty le había negado un vermouth, era la responsable de varios anónimos que habían adornado el ascensor del edificio de mi compañera, acusándola de inmoral, fiestera y las más de las veces, inculta, faltadora, irresponsable y vegetariana. Más allá de la inutilidad de nuestros reclamos para que nos contara de qué manera había descubierto las identidades (o al menos los alias) de la vecina y de su cómplice, así como el departamento que habitaban, Betty fue recuperando la compostura y se terminó el tecito en perfecto estado de salud.

Hace unos días que se la ve pegada a la máquina de escribir que ya nadie usa, sacando del carretel y estrujando con furia las hojas que luego arroja al piso y que ya son incontables.

La escuchamos susurrar de vez en cuando barbaridades de todo tenor, que van desde “gusanos palmípedos” a “tilingos boquiflojos” y nos ha prometido, sin que le preguntemos cosa alguna, la peor de las venganzas, una vez que pueda redactar el texto preciso y comprar un pegamento que sea incorruptible.

María Martha Gigena