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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 38

El mendigo

Llevaban ya un buen rato acodados en el mostrador con las piernas colgando de las banquetas como cabos sueltos.

La cercanía no les proporcionaba comodidad alguna, se les notaba.

De ojos apagados y barba gris, el hombre junto a Germán quiso iniciar una conversación y lanzó una pregunta, así, de la nada.

Sabía que no iba a ser sencillo plantearle su asunto, pero ni bien empezó a hablar sintió una ligereza y confió en ella.

El encuentro, según él, nada tenía de casual.

Germán apartó el diario y se quedó mirándolo.

Todo lo que el otro acababa de decirle, porque después de la pregunta dijo unas cuantas cosas, comenzó a reproducirse automáticamente, minuto tras minuto, tramo por tramo, en contra de toda voluntad.

Y aunque se propusiera desanudar alguna parte del relato o se esmerase en recortar alguna cosa, relevante o no, para ver si desde allí lograba salir del monótono discurso, todo esfuerzo lo llevaba a una renovada imposibilidad de decir algo que no hubiese dicho ya.

Una y otra vez se oía decir lo mismo, una oración idéntica a la otra apenas separadas por un respiro.

Quería volver el tiempo atrás, él mismo volver atrás, hacia el lugar del que venía, caminando como Michael Jackson y empezar de nuevo, pero todo se repetía tal cual, es decir, que ya fuera en su cabeza como situación imaginaria o en lo que decía realmente, en vez de darse la posibilidad de cambiar algo, regresaba al mismo punto en el que estaba y desde ahí las mismas palabras se multiplicaban como un eco, y otro eco de ese eco.

Una frase engendraba otra frase gemela.

Y ésa misma, otras iguales. Germán se tocó la cabeza, o se llevó la mano a la boca, hizo un gesto con las cejas y trató de resumir, a su vez, como una interrogación.

-Usted dice que esto que le pasa es porque le robó a un profesor unas piedritas azules. El hombre dejó de hablar, bajó al piso de un salto suave y a la vez pesado, se encaminó hacia la puerta del bar como si viera el camino, pero en verdad no lo veía.

Fue un millón de veces hacia la salida y todavía hoy sigue intentando irse.

Nora Martinez