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Número 38

Una idea clara

Era una clase de literatura como cualquiera de las cientos de miles que ya había dictado.

Esta vez el tema era algo vinculado a la poesía, los toros y vaya a saber qué, no importa, pero de alguna manera un alumno terminó hablando del chileno Roberto Bolaño.

“Bla, bla, bla, bla”, dijo y cerró la idea: “Es indiscutible la influencia que ha tenido sobre la nueva literatura hispanoamericana, pero no podemos decir lo mismo del infrarrealismo como corriente en sí”.

Él, Ezequiel De Rosso, sabía perfectamente que sabía perfectamente qué debía decir, le venían a la cabeza palabras, pero demasiado deshilvanadas como para pronunciarlas en público, al menos ante ese público que esperaba de su parte -como siempre- alguna genialidad, algo que ‘llevarse’, conocimiento, bah.

De repente Ezequiel se sintió intimidado.

¿Qué quería ese flaco? No había hecho, a ciencia cierta, una pregunta, pero esperaba una respuesta de él, una GRAN respuesta que él, el profesor, no sabía si no quería o no podía darle.

La cosa es que no le salía nada, estaba con la mente en blanco, peor que en blanco, sin mente estaba.

Se tomó un tiempo que fue evaluado por la audiencia como el prólogo de una genialidad.

Los alumnos tiraron el cuerpo hacia adelante y se corrieron los pelos de la cara, abrieron los ojos para escuchar la frase del día, esa que siempre, sobre el cierre de la clase, tiraba De Rosso, y los dejaba de una pieza, discutiendo en el colectivo, en la calle, camino a casa.

Pero esperaban mal.

Ezequiel miró fijo al de la ‘no pregunta’, se le acercó lentamente, le acomodó el cuello de la chomba y le susurró sin bronca, sin pena, sin nada de nada: “Andate a la concha de tu madre”.

Aunque apenas murmurado, el insulto llegó a oídos de los 25 alumnos, tal era el silencio que se había armado. El profesor salió, tranquilo, sin decir ni “lean esto”.

Dicen que los alumnos se quedaron allí, tiesos y callados, unas cuantas horas y que tuvieron que sacarlos a la fuerza, policía mediante.

Algunos no se recuperaron nunca más del extraño suceso. Pero a nadie le importan los alumnos, y menos a este De Rosso alocado, que esa noche comprendió que tenía que cambiar su vida.

Fue caminando hasta su casa.

La bajísima temperatura le pareció oportuna para pensar, pero tenía una sola idea clara, clarísima, y que no pasaba exactamente por Bolaño, sino por sí mismo.

Para cuando metió la llave en la puerta de su departamento ya no tenía ninguna duda.

Mónica -dijo- quiero ser empleado administrativo. ........ Tenía un solo traje, negro, de solapas anchas, que le había quedado de un casamiento de un familiar de un año que ya ni recordaba.

Era dos o tres talles más chico de lo que hubiera correspondido, pero no le importó y abrochó bien abrochado el saco.

El pantalón, un tanto ancho abajo, tampoco le cerraba, pero le puso al botón una bandita elástica que pasó por el ojal y listo.

Se peinó con un gel, se afeitó a la perfección y remató el atuendo con una corbata amarilla.

Le dio un beso a Mónica y salió a la calle con el diario bajo el brazo.

Por tener ‘redacción propia’, rápido consiguió emplearse en una oficina.

El primer día de trabajo, entró orgulloso y dijo: “Traje equipo de mate”.

Yanina Bouche