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Número 37

Cuentos seniles: la guardabarrera

Un caballero no tiene memoria, se decía en mi época a propósito del pasado de las damas que tenía que ver con uno.

Vino Ernesto, en su momento, a pedir referencias sobre Beba justo después que viniera Beba, casualmente, muerta de miedo a avisar que Ernesto andaba haciendo sus averiguaciones antes de preguntarle para ir al cine.

Entonces uno lustraba su mejor sonrisa, miraba a la piba a los ojos, le hacía la misma seña con la mano del que manda al almacén a hacer un mandado o a comprar cigarrillos, decía primero “andá tranquila, piba” e inmediatamente disparaba la frase: un caballero no tiene memoria.

En la sala de espera de la obra social hay un televisor encendido que, se supone, ameniza el rato que uno pierde mientras las empleadas toman el té o los médicos se distraen con sus secretarias.

Así fue como me enteré que existen programas consagrados a conversar sobre las intimidades de los famosos.

Aquello que en mi barrio estaba reservado para la persona más despreciable, la chismosa de barrio, ahora se hacía en la televisión.

Señores de traje y señoritas bien vestidas se dedicaban, y seguramente cobraban un salario por ello, a ventilar la vida privada de los demás.

Esa actividad excecrable hace algunos años, hoy resulta, por lo visto, de lo más lucrativa. Y eso no es todo.

En la emisión que me tocó ver, uno de los conductores se dirigía a la teleaudiencia y le decía a alguien en especial, vaya a saber quién y por qué: “vos no tenés códigos”.

Claro que yo pensé enseguida “¿vos hablás de códigos, y te dedicás a chusmear como una vieja por la televisión? Me resultó indignante.

Es como si yo anduviera por ahí como un estómago resfriado repartiéndole a los cuatro vientos que Beba antes de salir con Ernesto tenía una fama bien ganada en el barrio, y no solamente en mi barrio, que cuando los padres se mudaron para acá ya nos había llegado el dato desde San Telmo sobre ese bomboncito que no por nada se trajo el mote de La Guardabarrera.

Roberto Gárriz