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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 37

Extravíos

Chau.

Carlos, me estampó un beso en la frente, mientras yo dejaba la pila de tazas en la pileta.

Estoy apurado, dijo, tomate el tren.

Cuando terminé de vestirme, junté lo que necesitaba llevar y salí, metiendo una pila de papeles y la agenda dentro del maletín.

A poco de cerrar con llave y caminar unos metros, advertí que algo me seguía por detrás.

Al girar, vi que un perro blanco y negro trotaba detrás de mí.

Cuando crucé, se ubicó igual que antes.

Así caminamos unas cuadras.

El animal tenía collar y se lo veía bien cuidado.

Miré si había alguien con una correa en la mano, o en actitud de pasear un perro.

Cada tanto me daba vuelta ya que el ruido de mis tacos tapaba el de sus patas.

Cuando me detenía para decirle que se fuera él se sentaba y me miraba.

. Miré en todas direcciones, decidida a encontrar al dueño de ese animal que a lo mejor habría entrado en un negocio, y el perro, seguía su marcha.

A quien viera la escena, le resultaría natural que un perro siga a su dueña, pero le extrañaría que además del tapado y los zapatos de taco, llevara cartera y maletín, sumado a que mi paso no era despreocupado, como cuando se pasea un perro, sino nervioso y rápido porque no quería perder el tren. Salvo porque caminaba pegado a mí, nada hacía suponer mi relación con ese animal. Así llegamos a la estación.

Mientras esperaba con el perro sentado a mi lado, como un lazarillo, le pedía, casi rogándole, que se fuera, mientras hacía gestos con manos y pies para espantarlo.

La gente pensaría que era ciega, pero no, porque el perro estaba suelto y además los ciegos no ahuyentan a sus perros. Mientras se me ocurrían otras idioteces llegó el tren, repleto como siempre.

Desde arriba le dije que se fuera, pero el perro subió conmigo; entonces bajé, y bajó; subí más rápido, pero volvió a subir.

El tren arrancó y quedamos los dos parados entre los pasajeros que nos miraban a uno y a otro alternadamente. Bajé en la estación siguiente, maldiciendo y echándole la culpa al perro porque era tarde, pero sobre todo porque me encontraba en una situación absurda y sin salida.

Decidí caminar de nuevo hasta mi casa.

Después de todo no era lejos, ya que estaba casi a medio camino entre una estación y la otra.

Al abrir la puerta, el perro entró y se echó en el piso como si hubiera llegado a su destino.

Cerré la puerta pensando que era todo una locura.

Apurada, casi corriendo, llegué a la estación junto con el tren.

A esa hora viajé sentada, y mientras consultaba la agenda pensando en todo lo que no llegaría a hacer, un recuerdo fugaz atravesó mi cabeza. Antes de salir para el colegio, desde la puerta, mis hijos me habían gritado, entre risas y ruidos de mochilas, ¡Ojalá que te guste la sorpresa! ¡Qué divinos! Pensé que en cuanto volviera a casa la buscaría, porque en el apuro no había visto el paquete.

Alejandra Jalof