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Número 37

La señora Dalí (tercera parte)

La carne mechada del vacío al horno con papas no era algo habitual, pero fue recibida con gusto por los obreros de la construcción que seguía con sus indirectas sobre la ausencia del hombre que conocían desde siempre.

Por eso la señora Dalí, como quien se prepara a disertar, golpeó sus manos hasta que logró el silencio en el local del Oriente.

Entonces habló para decir que su hombre estaba en Paraguay, que fue requerido por sus parientes para resolver un problema y que no tenía la fecha de su regreso. Los obreros de la construcción comentaron entre ellos que era seguro que el “paragua” se había ido atrás de alguna compatriota conocida en la Costanera Sur, por decir algo.

O en un baile.

O en la calle.

Comían excitados en el momento en la que la señora Dalí dijo, como quien avisa que está en plena actuación: “Aunque no vuelva, siempre estará entre nosotros”.

Alguien dijo, sin identificarse, que no le iba a faltar compañía. Se acabaron las risas, la escena se inmovilizó, cuando los frenos del patrullero anunciaron que harían algo espectacular.

Dos uniformados entraron y, sin mediar palabra, fueron hasta la señora Dalí y procedieron – según el acta – a trasladarla hasta el patrullero que la llevaría hasta la comisaría 16. Los obreros de la construcción se fueron sin pagar, el Oriente quedó con sus puertas abiertas.

Al día siguiente se supo por un periódico que el torso fue entregado por los del camión de basura en una dependencia policial.

Y que se encontró la cabeza en una olla.

Y en cuanto al brazo congelado, la señora Dalí declaró que pensó en hacerlo embalsamar para tenerlo siempre con ella, como el Generalísimo Franco tenía el brazo impoluto de Santa Teresa. La princesa de Beirut, mariposa de alas negras, por el corazón frío de su drama íntimo, no fue una buena consejera.

Pensó, en su realeza tan lejos de la realidad, que el torso podría confundirse con uno de cerdo o de perro, sin entender la sagacidad de nuestros empleados municipales que no son como los siervos de su castillo.

Un descuido que no se explica porque es inexplicable. “Estrellita del Sur” le llamaba su hombre a la señora Dalí, sin saber que estaba junto a una leyenda oriental.

“A tu lado estaré”, le decía; sin saber que era ella quien lo decidía. “Le gustaba dar de comer – dijo una vecina – y de tanto dar quiso quitar”. En Beirut las calles tenían un color especial; la gente andaba descalza; los perros destrozaban a los niños cuando las madres conversaban en la feria. Cruzar en la noche, arropada entre los hermanos, con los pasos de su padre que se adelanta para llevarlos hasta el puerto, hasta el mar, hasta otro continente, donde una lengua extraña reconoció la palabra albóndiga.

Después lo supo, era una palabra de su lengua fonetizada de otra manera. Aquí recibió – le dijo a la policía – una carta inesperada de la princesa de Beirut que le notificaba que no era hija de sus padres, que había sido raptada, que su familia aristocrática la rescataría un día.

Le hablaba de una ciudad que le parecía recordar, del marido que la señora Dalí tuvo en su juventud. (continuará)

Germán García