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Número 36

La señora Dalí (segunda parte)

El bar y restaurante Oriente tiene ahora, sobre la mesa de la cocina, el cuerpo del falso coronel paraguayo.

La espalda brilla, la cabeza cuelga.

La señora Dalí, después de colocar el balde, levanta la cabeza y de un tajo abre la garganta.

La sangre, con precisión, empieza a humear en el balde que, en algunos minutos, es cambiado por otro.

Con el cuerpo ya desangrado comienza el trabajo más arduo: desmembrar.

La señora Dalí es diestra en el manejo del cuchillo y conoce esa tarea que realiza cada día, en la misma cocina, con los cuerpos de animales comestibles.

Así, sin cabeza, el falso coronel parece un cerdo, en particular por los omóplatos, blancos y planos.

Dos triángulos simétricos. Horas después el torso descarnado sale en una bolsa de basura que la señora arrastra, como cada noche, por el pasillo lateral del local.

Algunas partes van a la heladera, otras se convierten en albóndigas.

La palabra en árabe significa bola y designa la misma carne picada, mezclada con huevos, pan rallado, especias; rebozada con harina.

Con arroz es un plato barato que cada día alimenta a los obreros de la construcción que comen en el Oriente. La cabeza ha quedado en la olla (donde será encontrada por la policía) y mientras continúa, en esa agitada madrugada aparece, por la ventana abierta, la princesa de Beirut; es una mariposa con alas negras relucientes que se posa una instante sobre un trozo de carne y no tarda en levantar vuelo y desaparecer. La señora Dalí le dice a la policía que esa visita fue la ceremonia que el muerto merecía y que ella necesitaba, por eso fue hasta la pieza y rezó arrodillada frente a la virgen, por eso se encontraron algunas manchas de sangre en el piso (la policía había sospechado de algún rito sexual). La cabeza tenía una fragancia, un olor desconocido, que alertó a una vecina que llamó a la señora Dalí, quien después de consultar con la princesa de Beirut que volvió como mariposa negra, decidió llamar al Comando Radioeléctrico.

Nadie atendió, por eso siguió con el preparativo de la comida para el día siguiente.

No se animó a convertir la sangre en morcillas porque recordó que de algún lado sabía que el gusto de la sangre humana, como el gusto de la sangre de los caballos, es dulce. Ahora que el destino había evitado que alguien atendiera en el Comando Radioeléctrico, no quería ser descubierta.

Vendería sus bienes, se iría a Beirut para servir para siempre a la princesa. Al mediodía los obreros de la construcción se acodaron en las mesas del Oriente y reclamaron con voracidad el plato del día.

Es sabido que el trabajo al aire libre abre el apetito; al menos así lo creían estos trabajadores.

Y eso los convertía en comilones apresurados, con sus jarras de vino tinto que mezclaban son soda. La señora Dalí iba de una mesa a otra y oía que alguno decía “la dejaron solita”, “se le escapó el paraguas” y cosas por el estilo. Al día siguiente las piernas del infortunado salieron de la heladera y, trozadas de manera conveniente, se doraban en el horno.

El plato iría acompañado con papas asadas. - ¿Cuántos eran los trabajadores? – el policía que hizo la pregunta estaba harto de escucharla.

Y no había nada que investigar, la señora había perdido la razón. Sabría poco después que la responsabilidad legal no es tan simple.

Y además, hubo algunos rumores. (Continuará)

Germán García