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Número 36

La revelación
bilateral

Shim estaba agitado.

Se tiró en el sillón después de ver la hora.

Volvió a pararse porque inmediatamente la olvidó.

Quería descansar unos quince minutos y si no comenzaba a hacerlo sabiendo exactamente desde cuándo, se inquietaba.

El descanso no le servía y tenía que empezar de nuevo.

La chiquita en las seis y la grande entre las diez y las once, dijo.

No puede ser.

Volvió a pararse y enderezó el reloj.

Ahora sí, casi las nueve y diez, mucho mejor.

Octubre dormía después de haber gritado largamente mirando la puerta.

Querrá irse.

Tal vez se había equivocado y no era en realidad ella, su gata de siempre, ese gato nuevo que lo miraba como su gata gris.

Está a punto de contemplar la posibilidad de devolverla, de disculparse, de quedar como un niño arrepentido diciendo no sé qué me pasó.

La sola idea lo deja abatido, como más hundido en su asiento.

Si admite su reciente felicidad de reencontrarse con Octubre como un error, todo pierde sentido.

Y para qué.

Después de todo, si quisiera, la pelirroja podría venir a reclamar.

Podría venir y golpear la puerta, tocar el timbre incesantemente y al mismo tiempo pudrirse en la vereda.

Nadie le abrirá.

Este costado del asunto le interesa.

Funciona como una revelación.

Esto es lo que pasa realmente.

No es real lo que está delante de él, sino lo que se amontona a su alrededor.

Sea como sea ésta es en verdad su vida.

Lo que puede pasar, no lo que pasa. Entra en un recreo oscuro de su mente.

Apura un sueño vertiginoso y deforme.

Viaja por un paisaje borroso.

Desdibujado por la velocidad incandescente.

La luz del día penetra sus párpados cerrados.

Tiene esperanza de llegar a tiempo a un lugar que no sabe dónde queda.

Y que no importa dónde quede.

A quién le importa.

Los carteles indicadores brillan como fuegos verdes al costado del camino.

Nora Martinez