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Número 36

La lección de Valdemar

La Real Academia Española afirma que un monstruo es “una producción contra el orden regular de la naturaleza.” En los bordes de esa naturaleza se ubican los hombres-lobo, los no-muertos, los muertos vivos, etc.

Se ha indicado que los nombres con los que la cultura ha identificado a los monstruos son un desafío taxonómico.

La mezcla de semas contradictorios, entonces, antes que configurar solamente un oxímoron, parece señalar el lugar proteico, el campo de tensiones que define a la identidad monstruosa: así como el monstruo de Frankenstein está entre la vida y la muerte, cualquier individuo conocido como “hombre-lobo” es menos una mezcla de ambos que un individuo que se ubica entre el hombre y el lobo.

En este sentido, los monstruos son el límite de las taxonomías y tienen, por eso mismo, una existencia instersticial y magmática. Pero si el lenguaje se resiste a formular la identidad de los monstruos, tal vez pueda afirmase que la exclusión atraviesa también la posibilidad de que un monstruo hable.

Una de las primeras formulaciones modernas de lo monstruoso ya se pregunta por la posibilidad de una lengua de los monstruos.

En 1845, Edgar Allan Poe publica “El extraño caso de M.

Valdemar”.

Poe, que ya había explorado las diferentes formas en las que podía volverse de la muerte cuenta el experimento mesmérico según el cual logra hipnotizar al señor Valdemar en el momento de su agonía.

Hipnotizado, Valdemar afirma después de “lo que en general se llama muerte”: “Por el amor de Dios, pronto-pronto-hágame morir; o, pronto, despiérteme.

¡Le digo que estoy muerto!” Esa frase condensa la condición lingüística del monstruo.

En efecto, “Le digo que estoy muerto” realiza dos movimientos.

El primero es el acto de habla explícito, que subraya la anomalía de que Valdemar esté hablando.

El segundo es la contradicción de ese mismo señalamiento (Valdemar no puede hablar porque está muerto).

Ese enunciado señala el lugar imposible desde el que enuncian los monstruos.

Valdemar es un monstruo, justamente porque no es un bárbaro: no hace un uso incorrecto de la lengua, sino en el borde de las taxonomías que fundan la lengua.

Señala el punto ciego de la lengua: el enunciado posible pero indecible.

Si se quiere, la lengua habla por Valdemar (de hecho Poe señala que estrictamente hablando Valdermar no “habla”: “observamos en la lengua un fuerte movimiento vibratorio”; la voz de Valdermar tiene una “peculiaridad inhumana”, “parecía venir de muy lejos, o de una caverna profunda en el interior de la tierra”).

Los monstruos son entonces menos aquello que queda afuera de las clasificaciones que aquello que las desafía.

Valdemar señala el enunciado vacante en la lengua, afirma el exceso que funda la lengua, pero que el uso de la lengua no puede decir. Tal vez por eso, porque el habla de los monstruos bloquea toda posibilidad de tejer un relato, los monstruos siempre se han caracterizado por su mudez.

En efecto, los monstruos no hablan (salvo el conde Drácula).

Así, la momia, el monstruo de Frankenstein, el hombre-lobo, han sido siempre seres mudos y, en general, ajenos a la lengua: son opacos al sentido que funda la civilización y en esta opacidad fundan su poder. Así, los monstruos son, si se quiere, el excedente de las taxonomías, eso “otro” que no puede clasificarse, pero que persiste justamente porque señala la condición que articula todo aquello que tiene el “orden regular de la naturaleza”

Ezequiel De Rosso