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Número 35

Washington Sondon y el regreso de Concha Rayada (parte I)

I Una molesta chicharra sonó antes de que la puerta se abriera.

Con una lentitud inesperada para alguien que recupera su libertad luego de quince años, el joven atravesó por última vez la puerta.

Llevaba en su mano un cuaderno de tapas verdes y una campera gastada.

Firmó algunos papeles y se reencontró con la libertad.

-No hagas cagadas pibe.

Todavía te quedan muchos años por vivir -le aconsejó el guardia que le entregó sus objetos personales.

El muchacho lo miró sin decir nada y siguió caminando.

Llegó a la calle, paró un taxi y desapareció por la avenida.

-Éste pibe tiene la vaca atada -le comentó el guardia a su compañero -pero se va a mandar una cagada, estoy seguro. II En la escena del crimen, el comisario Canabro y los demás escuchaban con atención la explicación del detective.

-…escondiendo el arma homicida justo detrás de éste mueble -dijo Sondon mientras corría con esfuerzo un ropero antiguo.

Efectivamente, en un ángulo pudo verse un fragmento minúsculo de una hoja de afeitar.

-¿Todo eso a partir de un pedazo de una cabeza de fósforo que encontró en el piso? -preguntó el cabo Fraga con admiración. -¿Le parece poca evidencia? -le gritó Sondon mientras ponía en la frente de Fraga la punta de su arma.

Afortunadamente para el cabo en ese momento entró un cartero a la escena del crimen. -¿Quién de ustedes es Washington Sordon? -preguntó un poco intimidado por la situación. -Sondon, con D, pelotudo -le contestó el detective mientras redireccionaba su arma hacia la humanidad del cartero.

El muchacho asustado extendió su mano y le entregó un sobre.

Sondon lo abrió y sacó un cuaderno de tapas verdes.

Enfundó su arma y comenzó a leer las primeras páginas.

Su rostro se transformó.

Cualquiera que no lo conociera hubiera pensado que estaba asustado.

Buscó a Canabro con su mirada.

-Es “Concha Rayada”, salió de prisión –le informó.

-Llegó el día, Sondon.

Sabíamos que iba a suceder -dijo Canabro como quien sabe que tiene los días contados. -Bueno, a trabajar –se recobró Sondon- Fraga, llamá a la morgue y decíles que se preparen para recibir diez cuerpos en las próximas horas. -Puta, justo hoy que es mi cumpleaños -se lamentó Canabro. III Era un departamento pequeño, de un único ambiente, con libros apilados por doquier.

En el sillón que hacía las veces de cama yacía el cuerpo de una mujer que debió haber sido linda quince o veinte años atrás.

Se encontraba desnuda, boca abajo y con una vela que asomaba por su orificio anal. -Llegamos tarde, Sondon –se lamentó Canabro. -O él llegó temprano –contestó el detective.

Mariano Quintero