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Número 35

Buscando desesperadamente a Sondon

– A mí ya no me da pelota el salame –me dijo Mariano Quintero, con los ojos clavados en la servilleta en donde garabateaba la ecuación de Schrödinger.

- La última vez vino a comer pizza con los pibes después del partido, pero se fue rápido y no llamó más.

Desde ese día tampoco me atiende el teléfono. – Pero algo le habrás dicho...

-contesté preocupado.

Por ahí se ofendió por alguna cosa. – Nada.

¿Qué le voy a decir?...

Nada. Miré el papelito que me acababa de dar, con el número de teléfono anotado.

No quería insistir.

Él lo conocía mucho mejor que yo, pero la situación era grave.

Llevábamos sentados más de cuarenta minutos sin poder sacar nada en limpio.

García tenía una expresión adusta y le murmuraba no se qué cosa a Yanina, algo acerca de la pulsión de muerte de los espectadores del programa de Tinelli. Gárriz contaba una anécdota que le había sucedido en la tribuna de Boca durante una final a la que había asistido con su hijo mayor, y no parecía demasiado preocupado por la cuestión.

De Rosso, (que lo escuchaba mientras hojeaba un librito viejo y muy delgado cuyo título rezaba “Enciclopedia del Policial Uruguayo de los años '20”), me miraba de reojo cada tanto y negaba con la cabeza, como si lamentase la muerte de un conocido de la secundaria.

– ¿De María Martha alguien sabe algo? - preguntó Nora, sin dirigirse a nadie en particular y sin quitarse los lentes oscuros. – Seguro que ella “de las nuestras” no es –dijo Roberto, interrumpiendo su anécdota durante un segundo. La moza dejó delante de Vanesa un tostado mixto y una tónica, delante mío puso una lágrima y una medialuna de grasa y le dejó a De Rosso dos traviatas con queso blanco.

Hicimos circular los platos y las tazas hasta que cada uno obtuvo lo que había pedido.

Faltaban tres medialunas de manteca que no reclamamos. Salí para fumar un cigarrillo y darle vueltas a la cuestión.

Estaba claro que, o bien encontrábamos una solución, o tendríamos que replantearnos seriamente todo el asunto de la revista (por no hablar del libro que estaba en preparación).

“Nunca debimos haber incluido ese poema”, pensé mientras soltaba una bocanada de humo delante de la tapa del Paparazzi que el kioskero tenía colgada.

El punto principal era que habían descubierto a los Académicos y a los Pelotudos, y eso nos había jodido el plan.

Ahora era todo vuelta a empezar.

Era difícil imaginarse una estrategia más compleja y minuciosa (a excepción quizás de alguno de los artículos que Abregú escribía para el blog). Saqué el papelito del bolsillo y marqué el número en el celular sabiendo que era la única opción posible.

Después de tres intentos fallidos logré comunicarme.

Sondon me dijo que lo esperara esa noche en la esquina de Santa Fé y Azcuénaga.

Y que fuera solo.

En una de esas todavía teníamos una oportunidad.

Adrian Drut