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Número 35

BCG

Estos dos meses de silencio se han debido a las amenazas que -producto de la publicación de una historia oscura- sufrí de manera personal y que alcanzó también de manera lateral a mis compañeros de publicación.

No tengo aún pistas de los autores de tales intimidaciones, pero estoy convencida de que más allá de mi integridad y seguridad deben prevalecer el espíritu de la verdad y la justicia.

Sépalo Sandonalli. Así las cosas, mi relato se interrumpió en el punto en que Coco, sospechando de los manejos oscuros en MDS, se propuso comenzar una investigación que involucrara a todos los personajes del lugar.

La primera interrogada fue la bibliotecaria. B.

había nacido a 17 kilómetros de MDS y siempre sostuvo que mudarse había sido el segundo error de su vida.

El primero y más terrible de todos consistía en haberse apasionado con los libros “en general”, es decir, sin discriminar géneros, estilos, autores ni lenguas, sin importar si estos eran muy académicos o muy pelotudos, en fin, sin hacer distingos de ningún tipo.

Esta pasión desmesurada fue la que la decidió a emprender una cruzada bibliófila por toda la costa, aunque esa empresa se detuvo a sólo unos pocos kilómetros de comenzada.

Esta brevedad fue acaso lo que llamó la atención de Coco, quien no entendía por qué alguien tan convencido de la obligatoriedad de la lectura diera tan poca batalla en esa lucha.

B.

respondió que no era tan simple como él creía, que habían pasado cosas frenaron su marcha, que ella sintió que quedarse en MDS podría ayudar a la gente y que en un principio le pareció que G.

y su hijo se sumarían a su causa y podrían ellos continuar el recorrido, estableciendo como base de operaciones el hotel del pueblo.

Pero esto no había sucedido y, según pudo entender Coco, G.

había resultado un doble agente que operaba para los hermanos G., y eso explicaba porqué compartían la inicial. Los hermanos G., como ya se dejó claro en números anteriores, eran casi una fuerza monopólica en MDS y el lugar desde el cual manejaban todo era la vieja despensa devenida minimercado, cuyo nombre era Las catalanitas.

Allí había trabajado B.

al llegar al pueblo y ahí habría comenzado a urdirse un plan secreto que Coco apenas empezaba a comprender.

Lo que sí estaba claro es que no habría matices: en esto podría alcanzar la gloria o hundirse en el más profundo de los oprobiosos silencios.

Vanesa Pafundo