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Número 35

La señora Dalí

Declaró en una comisaría de Buenos Aires que cuando la princesa de Beirut tenía quince años fue enviada por su padre a pasar unas vacaciones en Inglaterra, en casa de unos primos de la nobleza que andaban a caballo, como en los avisos que se reproducen en los ensueños de cada chica de Beirut.

No era eso lo que la policía quería saber, pero la señora Dalí quería que primero se entendiera lo suyo. La princesa, una tarde, entró desnuda en la habitación de su primo mayor, que la recibió en la cama y después llamó a su hermano.

El primo menor llamó a un amigo, que llamó a otro.

Así, los siete varones de la casa estuvieron con ella. Lo que la hizo llorar –contaría después, por carta, a la señora Dalí- fue que entre uno y otro no le dieron tiempo a lavarse. Según la princesa eso mostraba que cada uno tenía más ganas del varón anterior, que de ella después de su recién perdida virginidad. Volvió a Beirut desflorada, redundó la señora Dalí sin percibir la impaciencia policial.

Durmió varios días y al despertar se asomó a su jardín.

Las flores se habían marchitado.

Pobre criatura, acotó la señora Dalí.

Beirut empezó a parecerle una ciudad triste, con gente poseída por algún hechizo mortal.

Se inscribió en la universidad fundada por los norteamericanos.

No le gustaba el inglés.

Pasó a la universidad fundada por los franceses.

Le gustaba el francés, pero no el ambiente. Realizó viajes a Damasco con su madre.

Con el pretexto de leer iba sola en un camarote del tren, donde invitaba a cualquier hombre que encontrase en el vagón comedor para hacerse sodomizar al ritmo del viaje.

Nada, ni el dolor, podía despertar su espíritu marchito.

Los hombres son asquerosos, comentó la señora Dalí, sin tener en cuenta de que estaba frente a varios. Nuestra señora había trabajado mucho antes de encontrar al coronel paraguayo, con el que después se casó.

Las cosas no anduvieron.

El coronel, cuando eran novios, le habló de unas tierras que lo esperaban en Paraguay.

Recién casados llegaron a esas tierras que, efectivamente, estaban.

Había tierras...

como en toda la tierra.

El detalle era que no le pertenecían.

De vuelta en Buenos Aires, una noche sofocante, recibió un nuevo golpe.

Los parientes del coronel, cansados de sus fabulaciones, dijeron que nada de coronel, de ejército y de Paraguay.

Nada, sólo palabras sin referentes que velaban un pasado de cárceles, fugas y pensiones baratas. Nuestra señora Dalí más que engañada pareció profanada.

Su cuerpo se convirtió en una catedral.

Al marido se le prohibió la entrada, las ventanas fueron selladas y las puertas dejaron de abrirse.

La señora Dalí pasó en poco tiempo de catedral a mausoleo: su cuerpo cubierto de negro desconoció el espejo y los afeites.

– Es como si estuviera ya muerto – le escribió a la princesa de Beirut. Su marido no se explicaba cómo ella había tenido dos hijos sin su intervención.

No pensó que lo engañara, sino que se hundió en un estado de perplejidad.

Nunca había aceptado la conexión entre coito y embarazo: los hechos le parecían una revelación que no se atrevía a comentar con los amigos, ni siquiera con un cura que visitaba cada tanto. Esa noche no percibió lo que hacía su mujer en silencio y fue sorprendido por un golpe que lo desmayó.

La señora Dalí, según declaró, actuaba en el vacío, sin ninguna razón.

Sin emociones.

Era como si junto a ella, dijo, la princesa de Beirut dirigiera con precisión cada maniobra. (continuará...) Germán García

Germán García