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Número 35

Cuentos seniles: una visita al Dr. Morales
Gol

A Morales lo conozco desde el bachiller.

Tiene su propio estudio de abogados donde trabajan como cincuenta personas.

Tantas veces me había dicho que pasara por su oficina a visitarlo que ni bien me enteré que el dentista que me haría el implante tenía su consultorio en pleno microcentro, decidí pasar por la oficina de mi amigo.

Morales siempre fue una persona de carácter jovial y dicharachero, hay que ver la cantidad de anécdotas graciosas con él que tengo para contar.

Pero prefiero no desviarme del relato.

Lo cierto es que llegué a la dirección y constaté que esos a los que le decíamos porteros, que luego fueron encargados, que miraban qué botón tocaba uno en el portero eléctrico, si le abrían o no de arriba y si uno no tenía pinta de escruchante lo dejaban pasar, ese portero había sido reemplazado por cuatro personas de uniforme con gorra y todo que me recibieron detrás de un mostrador.

Una de esas personas hablaba por teléfono cuando llegué y siguió hablando todo el tiempo que duró mi entrevista en el hall del edificio.

De hecho me hizo acordar a las boleterías del subterráneo donde hay un empleado que permanentemente habla por teléfono, y si no está ese empleado, especializado en comunicación, le encomienda el uso del aparato a uno de los boleteros, que atiende y pregunta al pasajero mediante movimientos de cabeza y hombros al tiempo que conversa atento a su interlocutor lejano.

Las otras dos personas detrás del mostrador, un hombre y una mujer de unos 35 años, charlaban entre ellos sonrisa va, sonrisa viene.

Parecían esos mozos de los restaurantes de hoy día, pibes por lo general, que se miran entre sí y mantienen largos parloteos mientras los clientes agitan manos, servilletas, pañuelos o platos tratando de llamar su atención.

Puede estar prendiéndose fuego el boliche que ellos son incapaces de considerar otra cosa que no sean las palabras de su compañero. Por suerte todavía quedaba un empleado para atender a los tres visitantes que esperábamos pacientemente nuestro turno.

Cuando llegó el mío me pidieron la libreta de enrolamiento, copiaron todos mis datos y me sacaron una foto con una cámara del tamaño de la bola que se usa para jugar pelota vasca.

Además me dieron un papel que debía devolver firmado y sellado por la persona que me entrevistara en el estudio del Dr Morales, pero a todo esto ya estaba cerca del horario de la consulta con mi dentista, así que devolví el papel en el mostrador y me fui sin ver a Morales.

Roberto Gárriz