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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 34

Error 404

1. El día en que mi editor me anunció que Conectados había pasado la barrera de los cien mil, organicé una fiesta que duró tres días y que terminó conmigo desmayado en la alfombra.

De eso hacía ya cinco años.

Ahora las cosas eran bien diferentes. Valeria había decidido mandarse a mudar muy poco después, y aunque la verdad no podía culparla tampoco terminé de entender qué es lo que había dejado de funcionar, ni cuándo.

O mejor dicho, lo entendí bastante después.

Más exactamente cuando me di cuenta de que la vida que ella quería no incluía a un escritor en el mapa.

Aún si es cierto que la muy hija de puta había disfrutado hasta del último centavo que me habían reportado las buenas ventas de mis novelas anteriores.

Pero el dinero no era suficiente.

También quería un marido que no estuviera en casa todo el día, que no se emborrachara sistemáticamente a partir del mediodía, que no puteara a los cielos en voz alta cuando tallar una frase que valiese la pena se le hacía cuesta arriba, que no ignorara a los invitados a una cena pasando delante de ellos como si no existieran para servirse otra copa y volver a subir las escaleras a encerrarse en su estudio, que no la atosigara con discursos patéticos acerca del valor moral de una coma, que no se negara a tener hijos porque “total este mundo está perdido y no vale la pena traer niños a esta gran bolsa de mierda”, que no renegara cuando debía ponerse un traje y una corbata para asistir a uno de esos estrenos que tanto le gustaban a ella, y – por sobre todas las cosas – que no se acostara con cuanta groupie fanática de sus libros se le cruzara por el camino. Sí, ahora las cosas eran bien diferentes.

Ella había conseguido lo que quería.

Y yo me las arreglaba como podía escupiendo religiosamente las veinte páginas diarias de “Corazones abollados”, la telenovela más vista en el horario de la tarde, la preferida de las señoras, las madres y las chicas sensibles, la porquería que me permitía seguir pagando mis cuentas a cambio de rubricar al guión con la firma del gran, del respetado, del inimitable, del talentoso e incisivo Román Obertello, otrora novelista de éxito y actual empujalápiz a sueldo.

Adrian Drut